Y cuando estaban en la pista movían las colas, las
orejas, no lo reconocían así les sonriera sí reconocían la sonrisa tosca, roja y
desprolija dibujada en su cara de payaso, no lo reconocían sin su nariz roja y
redondita, sin su peluca enrulada de pelos de felpudos azules, hociqueaban, las
comadrejas chupamedias, mirando nerviosas hacia donde estaba él, que durante el
espectáculo les tiraba un pochoclo tras otro pochoclo de una bolsa grande que
se metía antes de empezar en uno de los bolsillos inmensos de su saco inmenso,
y de a ratos caminaban sobre una cinta sin fin siempre mirándolo que ese era
uno de los secretos silenciosos que él tenía con ellas, mientras lo miraban y
él las miraba, los animalitos salvaje, inofensivos, con su pelaje peinado se olvidaban
del público a sus alrededores y entonces, estos animaluchos desgarbados con los
ojos saltones y quejidos como si fueran hienas, ganaban para el circo y para
reforzar los ingresos de su socio, más o menos unos veinte minutos, que al
medio del espectáculo quedaban cortos y a los finales o intermedios se
alargaban, y en otros ratos las ponía sobre unos cilindros pintados de todos
los colores para que hicieran equilibrio y la gente las aplauda, unos cilindros
improvisados sacados de unos tambores grandes de aceite que llevaban de
repuesto en las caravanas, unos cilindros recuperados que el payaso Pepe le
pidió al práctico que viajaba con ellos, que como ellos, sabía de
construcciones y reparaciones, las comadrejas chusmas y hambrientas, iban de un
lado para otro y el payaso con ellas, las comadrejas desdentadas lo reconocían,
era el que las miraba tirándole manjares y ellas devolvían más que los
pochoclos las miradas, y la gente aplaudía y entonces no podían irse así no más porque ellas no querían que se fuera, desde que las tenía, manejando su verdadero
drama, que las gracias se van acabando con el tiempo que después saldrían otros
inventos y otras gracias, que las comadrejas medio ciegas lo hacían con el
disfrazado, cuando andaba por ahí sin su disfraz, ni lo reconocían al payaso
Pepe, si lo veían con la cara lavada sí, si lo veían con la cara maquillada no se rajaban a esconderse detrás de bambalinas.
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