Esa misma noche de julio cuando
el ingeniero le dio personalmente un sobre que contenía su sueldo multiplicado
por tres y le dijo que esa era la gratificación que le concedía la empresa por
los servicios prestados durante los días de huelga, sin ningún registro en la
contabilidad, sin ningún puto contador o tesorero cerca que anotaran partidas
dobles para sueldos y jornales, libre, daban muestra del aval abierto, se le
acabó el humor de mierda de los días anteriores cuando anduvo con ese nudo en la garganta preguntándose qué hace metido en peleas que no son propias, pero ese sobre fue la muestra de la confianza ciega
inaugurada por el jefe, por encima de sus otros compañeros, lo discurseó
también con eso, que fue a costa de exponer el pecho y poner los huevos en
remojos con los negros del sindicato para levantar la larga huelga, de a poco
por grupos que fueron volviendo por partes a las fábricas a sus lugares de trabajo, primero los de mantenimiento,
después los maestros azucareros, después los obreros del trapiche, de a dos de
a cinco, da a diez se sumaron, hasta que todo siguió funcionando de la mejor
manera, en las molienda, en la ollas presurizadas como si fueran cohetes espaciales
donde entra la melaza hasta que comienza a aparecer el grano blanco, bien
blanco de azúcar, como los guardapolvos de los maestros, supo ese día que sus
porvenires venían como tenían que venir para que la gorda, tapada en billetes
en bolas se entregara como se tiene que entregar en vez de andar metiéndole los
cuernos, para que lo cuide más y además
para que lo quiera más, porque está resignado que a él lo siguen por la
paciencia que les tiene y la habilidad de comprar lo que tiene que comprar en
cada momento, los coyas lo obedecen, está feliz y engancha en el winco un long
play con el buen humor de Glen Miller.

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