Todos aprovechaban esos momentos,
no solamente para las entradas en chamuyo, las franelas, para hacer bien los
aprontes, de apretadas de cinturas relajadas, que se acariciarían y les haría
provechitos unas horas después en las camas de sus respectivos dormitorios de
sus respectivas casas, sino también para cruzarse miradas de complicidades,
miradas de encomios, miradas comprometidas, varones a mujeres, mujeres con los varones,
las suegras de los niños que se encaprichaban, la miradas combinadas con murmullos
que, si se escuchaban, como tenía la costumbre el carancho con el escoses en
mano, en un vaso con abundante hielo, traían informaciones valiosas de todas
esa gente, suegras y suegro incluidos, porque los bailes eran para toda la familia,
cuando todos los años a la misma hora,
la orquesta de Ardú comenzaba con serenata a la luz de luna, la parejas como si
se pusieran de acuerdo inundaban el círculo de la pista más importante del club
social, que era el lugar donde se hacían los bailes de los empleados de mayor
jerarquía de la empresa, de los jefes y de los dueños que anduvieran por el
ingenio, especialmente del ingeniero que aprovechaba esas charlas relajadas
para seguir trabajando ese era su trabajo, el chusmerío, para preguntarle y
sacar sus propias conclusiones, ahí iban las parejas con el jazz suave, sabían
que después venía el empalme tuxedo y todas las canciones de ese músico
maravilloso que se había perdido para siempre viajando de un lado para otro en
los frentes de batalla de la segunda guerra, como en el recreativo había
también en este club un par de salones donde las damas de los jefes reputados
de la empresa, iban y venían los sábados a la tarde, de la peluquería de
Blanca, para ir jugando a la canasta,
hasta las ocho de la noche que era la hora cuando los obreros comenzaban a
correr las mesas y sillas para que quedaran habilitadas como pistas, ahí los
tenía el carancho a todos juntos, encerrados en la jarana de los sábados a la
noche, todos los sábados a la noche para enterarse de todas sus cuitas, que
eran parecidas a los puteríos de los obreros con un poco más de hipocresía nada
más, por eso siempre decía que no todo lo que brilla es oro, ni siquiera lo que
brillaba en su propio entorno.

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