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Wednesday, June 04, 2014

Espías rima espiando.




Todos aprovechaban esos momentos, no solamente para las entradas en chamuyo, las franelas, para hacer bien los aprontes, de apretadas de cinturas relajadas, que se acariciarían y les haría provechitos unas horas después en las camas de sus respectivos dormitorios de sus respectivas casas, sino también para cruzarse miradas de complicidades, miradas de encomios, miradas comprometidas, varones a mujeres, mujeres con los varones, las suegras de los niños que se encaprichaban, la miradas combinadas con murmullos que, si se escuchaban, como tenía la costumbre el carancho con el escoses en mano, en un vaso con abundante hielo, traían informaciones valiosas de todas esa gente, suegras y suegro incluidos, porque los bailes eran para toda la familia, cuando todos los años a la misma  hora, la orquesta de Ardú comenzaba con serenata a la luz de luna, la parejas como si se pusieran de acuerdo inundaban el círculo de la pista más importante del club social, que era el lugar donde se hacían los bailes de los empleados de mayor jerarquía de la empresa, de los jefes y de los dueños que anduvieran por el ingenio, especialmente del ingeniero que aprovechaba esas charlas relajadas para seguir trabajando ese era su trabajo, el chusmerío, para preguntarle y sacar sus propias conclusiones, ahí iban las parejas con el jazz suave, sabían que después venía el empalme tuxedo y todas las canciones de ese músico maravilloso que se había perdido para siempre viajando de un lado para otro en los frentes de batalla de la segunda guerra, como en el recreativo había también en este club un par de salones donde las damas de los jefes reputados de la empresa, iban y venían los sábados a la tarde, de la peluquería de Blanca,  para ir jugando a la canasta, hasta las ocho de la noche que era la hora cuando los obreros comenzaban a correr las mesas y sillas para que quedaran habilitadas como pistas, ahí los tenía el carancho a todos juntos, encerrados en la jarana de los sábados a la noche, todos los sábados a la noche para enterarse de todas sus cuitas, que eran parecidas a los puteríos de los obreros con un poco más de hipocresía nada más, por eso siempre decía que no todo lo que brilla es oro, ni siquiera lo que brillaba en su propio entorno.

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