Unas doscientas parejas no muy
apretadas bailando foxtro o tango, parsimoniosas relajadas y tranquilas,
marcaban el tamaño de la pista central del recreativo, un rectángulo rodeado de
una hilera de mesas que a lo ancho eran tres o cuatro y sillas de madera, que
la mayoría juntaba porque las más comunes eran las parejas que además de ir con
los hijos caían como mínimo con alguno de los suegros, que en realidad más que
los suegros eran las suegras que como peludos de regalo iban con el grupo, esas
mismas comadres mayores que con aires de sargentos primeros y caras de pocos
amigos, los brazos cruzados sobre sus pechos, como centinelas y atentas
cuidaban personalmente de las virginidades supuestas de las niñas, que tenían
recomendaciones especiales de ellas mismas si la pista quedaba muy llena, que
se cuidaran muy bien de esos roces que parecía que no fueran pero lo eran, unos
tres salones rectangulares también pero más chicos, colindantes y alrededor que
eran salas de juegos de billar y de trucos que se habilitaban como pistas,
completaban la capacidad que se desbordaba solamente en los carnavales, cuando
la gente que se tiraba agua perfumada y papel picado que quedaban como engrudo,
parecía encogerse y entonces la capacidad de esos salones adornados con
guirnaldas y focos de colores parecía que se ampliaba, ese era uno de los
territorios cada sábado por la noche, sobre el que sobrevolaba el carancho para
enterarse de los puteríos de la gente del ingenio, y poder armar sus reportes
precisos al ingeniero que cada quince días venía de la casa central, ahí se
enteraba directamente o por medio de los soplones que tenía, de la vida y la
obra de las mujeres los hombres y los niños del pueblo, lo que no se enteraba,
lo que no le contaban tampoco los soplones es que a él también lo espiaban
todos los que él espiaba, así que él perdía porque de los otros él le contaba
solamente al ingeniero, en cambio él estaba todo el tiempo en boca de todos,
incluidos los chismosos.

No comments:
Post a Comment