Una tarde de todas las tardes que
compartimos, una tarde de egocéntrica glotonería con brevas blanquecinas y
pulpas abundantes y fibrosas de esos higos que nunca más olvidé ni probé nunca
más en mi vida, embadurnándome los dedos y las uñas para penetrarlos con mis
manos mientras me babeaba imaginando ese sabor dulce y agrio de comerlo con
cáscara y todo, dando vueltas en mi bocaza, penetrarlos con mis manos y
prepararlos para el bocado con la dedicación de un cirujano con la más delicada
de sus operaciones que en mi caso en esas jornadas con él eran pura gula, una
tarde de esa tardes gloriosas me dijo que lo peor de envejecer, es acomodarse a
los cambios que van apareciendo en el cuerpo, cuando nos damos cuenta que el
cuerpo va cambiando para mal más que para bien, cuando los dientes comienzan a
caerse uno tras otro, cuando crujen las articulaciones como si se estuvieran
quejando de los despropósitos de los esfuerzos propios, cuando la sangre no
alcanza para todas la extremidades del cuerpo y las arrugas saturan la cara de
rayas rayitas y rayotas en todas direcciones, pero también me dijo que lo peor
de todo, lo más horrible, más horrible que todas esas cosas juntas, es el
olvido, de los demás, eso que hace que el viejo se vuelva invisible, y que a
eso nadie tiene interés en disimularlo, como me dijo, que disimulaba su traje zarrapastroso,
que si no fuera por lo ajado que estaba lo que le delataba los años, y por las
formas redondeadas de sus solapas, las hombreras sobresalientes, los botones
cosidos por sastres para toda la vida, y el chaleco de la misma tela, pasaba de
nuevo, porque desde que se lo compró, dijo, el lo cuidaba mucho le pasaba
cuidadosamente el cepillo y le bordaba los agujeros que dejaban las polillas,
su traje negro que nunca se sacaba y que estuvo y dejó de estar de moda muchas,
pero muchas veces, hasta que él se murió.
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