Cuando veía que me acomodaba en
la vieja y desmantelada reposera de mimbre al costado de la añosa higuera de su
patio viejo con aljibe y todo, las palabras brotaban masculladas y monótonas,
amontonándose en sus labios finos y resecos, que aparecían como un tajo tosco
en su cara avejentada debajo de una hilera muy bien marcada de los pelitos de
sus bigotes recortados al milímetro, vestigios entrados en desgracias de sus
gracias de otras épocas, retoñaban las palabras como si con cada una de ella
reflotaran los momentos anteriores, antes mucho antes que entrara al túnel del
olvido, pero así, sin escándalos ni voces de alterados, comenzaba con sus
relatos, como el de la tarde cuando contó que él fue comisario en la viña
moderna que contaba con alumbrado callejero de tea, un poblado grande con una
aparcería importante de corrales de mulas en postas por donde unos pocos años
antes habían pasado caudillos como Güemes peleándoles a los godos en las
montoneras, y se remontaba a sus galaxias el hombre sin futuro, tranquilo en su
presente sin mañanas posibles en su propio magma, después de haber andado tanto
tiempo en esta, el hombre apaciguado con su pasado aunque no reconciliado,
aclaraba con su tiento como siempre, porque se habrá equivocado como
cualquiera, pero que de eso se hacía totalmente cargo, se acomodaba en su
hamaca dormitando en esos sueños de otros tiempos que para él, habrán sido
mejores.

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