Los cuatreros y los infelices
asolaban la viña cuando anochecía y algunos recalaban con las primeras
penumbras en las pulperías y en los ranchos donde las meretrices cambiaban
favores de mimosas por unos patacones, apenas se encendían las teas callejeras
entre las ocho y doce de la noche cuando se apagaban, mientras otros cuatreros
y otros infelices armaban revuelos en dos o tres lugares diferentes abriendo
los corrales y disparando con lo que encontraban adentro, desde mulas a
chanchos, como si fuera a propósito, conociendo que las fuerzas policiales no
eran suficientes para tantos entreveros y mamarrachos, y mucho menos
suficientes eran los cuartuchos para alojarlos entre rejas, y ni que hablar, si
con los revoltosos, borrachines, melindrosos y ladrones, se detenían regordetas
bataclanas que además de barulleras aprovechaban esos amontonamientos para
ofrecerse en los rincones por unos pesos más, cuatreros y mujeres dispendiosas
que él conocía al dedillo, a los unos porque en los francos se entreveraba con
ellos en cuantos despelotes hubiera en las riñas o las toreadas y a las otras
porque era hombre de pagar bien por favores especiales que las otras le hacían
de puras calentonas y hambrientas, Liborionauta conocía el desorden de adentro
y unas cuantas disposiciones escritas en un papel amarillento del orden que su
padre de crianza le había enseñado había que tener para vivir decentemente, un patrón de estancia adinerado y generoso, que lo sacó del
patronato después de los diecisiete, que nunca entendió muy bien lo que quería decir vivir decente que suponía que era como como vivía el patroncito que hacía lo mismo que cualquier con la diferencia que nadie podía reprenderlo, terminaba sus relatos en tercera persona
mi longevo abuelo, como hablando solo y dormitando, mientras yo libaba los higos
maduros en esas primaveras tempranas, él en su mecedora de mimbre y yo en mi
eterna reposera, las butacas de los viajes que hicimos por entonces más por sus
galaxias que por las mías.

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