Con los de carne y hueso se
acordaba de todo con los otros no se acordaba de nada, el cerebro le funcionaba
una veces y otras veces ni le funcionaba de tan descerebrado que quedaba hasta
que despertaba en algún corral o el catre de un comedido, con el tiempo el mozo
fue aprendiendo que en las horas de servicio lo mejor era andar con la cabeza
despejada, que de eso había que acordarse y de todo, porque después de los
procedimientos venían las actas manuscritas de los hechos y los jefes y los
jueces de paz jodían con todos los detalles, que hay que acordarse de todo porque
con la taba que se jugaba cada vez que había que arrear con borrachos y
cuatreros y meretrices y bataclanas, cada vez que había que intervenir en esos
entreveros donde los bandidos eran más que los policías, los malos más que los
buenos, era mejor no andar chupando ni un poquito para vivir más veces de todas
las que quedaban medio muertos, porque los maulas se ponían como locos y ahí
nomás desenvainaban los facones, o los trabucos de entremedio de los ponchos, y
le abrían el pecho a cualquiera de las autoridades peleando como bestias cuando
las están faenando y por ahí no quedaban vivitos y coleando como para contarlo,
por eso cada vez que empezaba con las aventuras se acordaba de todos los
detalles que los sumariantes agradecían porque no tenían que inventar nada y
entonces no tenían líos ni con las autoridades ni con los otros, de uno por uno
de los momentos en los cruces de palos, trompadas y empujones, que algunas
veces terminaban con la vida de alguno, y así despejado evitaba que fuera la
suya, por lo menos en las horas de servicio, porque en los francos era otra
cosa, y las peleas también eran otra cosa no solamente con los bandoleros sino
también contra todos los fantasmas y la almitas que aparecían con motivo de
esas libaciones de aguardiente que duraban horas enteras y a veces hasta días, con
los paisanos amigos en las pulperías de los amigos, donde no faltaban enemigos
o amigos desconociéndose en las alucinaciones de las mamadas, en un halo por
donde pasaban también el familiar de los ingenios cercanos, el duendecito de
los montes, o la salamandra que era como un dragón grande soplando fuego por la
boca, que se le aparecía a los trabajadores de las minas también cercanas que,
a diferencia de los bandidos, se trenzaban sin derramamientos de sangre ni
amputaciones de miembros que amenazaran la propia existencia, aunque de estos
entreveros no se acordaba de nada, solo que se encontraba con el mismo diablo y
se moría varias veces más veces de las que vivía, porque tanto se chupaba que
se le borraban los recuerdos.

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