El olor a bosta de los camellos
confundidos lejos de los desiertos y de los soles propios, lejos de los oasis y
de los beduinos que los conocen y los miman, el hedor de los leones encerrados
en sus jaulas sin acicalados ni peinados, sus gruñidos todo el tiempo de machos
nomás que eran y como avisando a las hembras que anduvieran rondando cerca que
todavía les daban los años para el celo, porque eran animales viejos y
distraídos y cada año perdían más los movimientos igual que los dientes, además
de los retumbos que salían de sus gargantas, el olor fuerte que desprendiéndose
de sus cuerpos enormes y de sus ojetes
estrechos en las tardes de noviembre impregnaban en aires y viajaban con los
vientos, y también el aliento de sus bocas inmensas, y cada rugido mustio que
pegaban, confirmaban por anticipado a los niños que, una vez más, como todos
los años para la misma época, el circo recalaba en el ingenio, y que en un par
de días después de levantadas las copas de las carpas, que en ocasiones les
daban un trabajo bárbaro a los que jalaban para levantarlas, enanos, payasos,
domadores, malabaristas, o lo que fueran los artistas, que por esos únicos días
y un par de días antes de marcharse hacían laburos de obreros, porque las
brisas de finales de la primavera les levantaban las sogas y las lonas, sabían
bien que en unos días se darían los desfiles por la avenida libertad donde ahí
sí, los artistas se tiraban todas sus pilchas mejores, pantalones y camisas y
mallas, de géneros brillosos adornados con lentejuelas pequeñas de todos los
colores, zapatos blancos y de galas, con las únicas excepciones del dueño del
circo y los payasos por motivos extremos, el primero mejor vestido con su frac
despampanante porque era el dueño y entonces las más lindas desfilaban todo el
día entrando y saliendo del mejor trailer de la caravana, y los segundos con
pilchas rotosas de todos los colores en parches porque para eso estaban, para
que sus correteadas cayeran en gracias de la gente que aplaudía e intentaba
tocarlos, cosas que ellos esquivaban con gracia también, para que los animales
no se encabritaran, y así esperaban el paso de las estrellas, que para ellos
eran los malabaristas, un grupo como de media docena de personas incluidas dos
enanos que ellos sabían colgarían de los trapecios, expuestos en saltos
mortales sin redes, cuando fueran las funciones, esas funciones que les
significaban a los niños dejar las tristezas en las entradas.

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