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Thursday, May 22, 2014

Malabarismos rima tristezas.




El olor a bosta de los camellos confundidos lejos de los desiertos y de los soles propios, lejos de los oasis y de los beduinos que los conocen y los miman, el hedor de los leones encerrados en sus jaulas sin acicalados ni peinados, sus gruñidos todo el tiempo de machos nomás que eran y como avisando a las hembras que anduvieran rondando cerca que todavía les daban los años para el celo, porque eran animales viejos y distraídos y cada año perdían más los movimientos igual que los dientes, además de los retumbos que salían de sus gargantas, el olor fuerte que desprendiéndose de sus  cuerpos enormes y de sus ojetes estrechos en las tardes de noviembre impregnaban en aires y viajaban con los vientos, y también el aliento de sus bocas inmensas, y cada rugido mustio que pegaban, confirmaban por anticipado a los niños que, una vez más, como todos los años para la misma época, el circo recalaba en el ingenio, y que en un par de días después de levantadas las copas de las carpas, que en ocasiones les daban un trabajo bárbaro a los que jalaban para levantarlas, enanos, payasos, domadores, malabaristas, o lo que fueran los artistas, que por esos únicos días y un par de días antes de marcharse hacían laburos de obreros, porque las brisas de finales de la primavera les levantaban las sogas y las lonas, sabían bien que en unos días se darían los desfiles por la avenida libertad donde ahí sí, los artistas se tiraban todas sus pilchas mejores, pantalones y camisas y mallas, de géneros brillosos adornados con lentejuelas pequeñas de todos los colores, zapatos blancos y de galas, con las únicas excepciones del dueño del circo y los payasos por motivos extremos, el primero mejor vestido con su frac despampanante porque era el dueño y entonces las más lindas desfilaban todo el día entrando y saliendo del mejor trailer de la caravana, y los segundos con pilchas rotosas de todos los colores en parches porque para eso estaban, para que sus correteadas cayeran en gracias de la gente que aplaudía e intentaba tocarlos, cosas que ellos esquivaban con gracia también, para que los animales no se encabritaran, y así esperaban el paso de las estrellas, que para ellos eran los malabaristas, un grupo como de media docena de personas incluidas dos enanos que ellos sabían colgarían de los trapecios, expuestos en saltos mortales sin redes, cuando fueran las funciones, esas funciones que les significaban a los niños dejar las tristezas en las entradas.

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