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Tuesday, May 20, 2014

Leyes rima obediencia.



Las leyes eran las instrucciones que le daban directamente de palabra el comisario y el sub comisario cuando bajaba a la ciudad dos veces al mes, el patroncito del que era entenado, y los patroncitos que el patroncito le indicaba con el dedo enseñándole quien era decente y quien era la chusma en el pueblo que lo único que tenía para hacer era obedecer sin preguntar por qué lo que se le fuera diciendo siendo lo más importante no meterse con las cosas que son propiedad ajena, tierras y trastos, gallinas y otros animales de la granja, de los frutos de la huerta ni siquiera de los frutales, obedecer sin decir palabras aunque se estuviera en desacuerdo, las reglas que tenían que cumplir todos eran los imperativos de unos y los cumplimiento en silencio de los otros, todas esas pero más que todas las arengas que recibía cuando él bajaba a la ciudad dos veces al mes, allá donde el volvía a sus rangos originales de sargento mayor sumariante, porque el de comisario en la viña era una adscripción que les era de comodidad para ellos que por no andar viajando lo hacían viajar a él, que eran muchas veces porque la vuelta le robaba como seis días si no llovía, porque sino si llovía tenía que hacer posta hasta que bajaba el anegamiento de las huellas que usaban como caminos, esas eran las leyes, unas pocas instrucciones y recomendaciones de seguir sin cuestionar las opiniones de la gente decente del pueblo, que era la gente de buenas costumbres y acomodada que algunas veces tenía bajezas peores que los miserables que no pueden defenderse por su cuenta porque los mismos curas a los que van o llaman cuando están condenados, le dan la razón a los otros también porque los curas también forman parte de las clases acomodadas, entonces eran esas las instrucciones, las reglamentaciones que había que cumplir y hacer cumplir, y no había que dar explicando mucho a los sotretas que andaban jodiendo con las cosas ajenas, majaderos que merecían estar encerrados para que les enseñasen a lonjazos a ganarse el pan por cuenta propia, vociferaba el gallego dueño del almacén grande del hogar feliz que había salido damnificado unas veces anteriores de los desmanes de los malandras que no se escarmentaban, que hacían justicia por cuenta propia abriéndose medio a medio ellos mismos si los dejaban cuando se chupaban con grapa y aguardiente, pero hasta eso cuatreando, como hacían para otros patroncitos que los mandaban, no había que dar muchas explicaciones, no había mamotretos con reglas escritas ni siquiera digestos maltrechos, solamente unas láminas con las listas de los delitos más comunes y las penas y los castigos, más el libro de entradas y salidas y unas hojas sueltas para las actas y los memorando al juez de paz que estaba en el vecindario.

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