Las leyes eran las instrucciones
que le daban directamente de palabra el comisario y el sub comisario cuando
bajaba a la ciudad dos veces al mes, el patroncito del que era entenado, y los
patroncitos que el patroncito le indicaba con el dedo enseñándole quien era
decente y quien era la chusma en el pueblo que lo único que tenía para hacer
era obedecer sin preguntar por qué lo que se le fuera diciendo siendo lo más
importante no meterse con las cosas que son propiedad ajena, tierras y trastos,
gallinas y otros animales de la granja, de los frutos de la huerta ni siquiera
de los frutales, obedecer sin decir palabras aunque se estuviera en desacuerdo,
las reglas que tenían que cumplir todos eran los imperativos de unos y los cumplimiento
en silencio de los otros, todas esas pero más que todas las arengas que recibía
cuando él bajaba a la ciudad dos veces al mes, allá donde el volvía a sus
rangos originales de sargento mayor sumariante, porque el de comisario en la
viña era una adscripción que les era de comodidad para ellos que por no andar
viajando lo hacían viajar a él, que eran muchas veces porque la vuelta le
robaba como seis días si no llovía, porque sino si llovía tenía que hacer posta
hasta que bajaba el anegamiento de las huellas que usaban como caminos, esas
eran las leyes, unas pocas instrucciones y recomendaciones de seguir sin
cuestionar las opiniones de la gente decente del pueblo, que era la gente de
buenas costumbres y acomodada que algunas veces tenía bajezas peores que los
miserables que no pueden defenderse por su cuenta porque los mismos curas a los
que van o llaman cuando están condenados, le dan la razón a los otros también
porque los curas también forman parte de las clases acomodadas, entonces eran
esas las instrucciones, las reglamentaciones que había que cumplir y hacer
cumplir, y no había que dar explicando mucho a los sotretas que andaban
jodiendo con las cosas ajenas, majaderos que merecían estar encerrados para que
les enseñasen a lonjazos a ganarse el pan por cuenta propia, vociferaba el
gallego dueño del almacén grande del hogar feliz que había salido damnificado
unas veces anteriores de los desmanes de los malandras que no se escarmentaban,
que hacían justicia por cuenta propia abriéndose medio a medio ellos mismos si
los dejaban cuando se chupaban con grapa y aguardiente, pero hasta eso
cuatreando, como hacían para otros patroncitos que los mandaban, no había que
dar muchas explicaciones, no había mamotretos con reglas escritas ni siquiera
digestos maltrechos, solamente unas láminas con las listas de los delitos más
comunes y las penas y los castigos, más el libro de entradas y salidas y unas
hojas sueltas para las actas y los memorando al juez de paz que estaba en el
vecindario.

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