Después de ese pantallazo del
jinete resistiendo, al nervio del caballo encabritado, como si fuera que en esa
que esa foto que ni les interesaba, a ellos, porque en las sal convivían con
otros que miraban a la pantalla embelesado, como si fuera en ese instante
eternizado por una filmación, viniera algún mensaje de tipos ausentes, lejanos,
desconocidos, viviendo en pasados congelados, de historias congeladas en algún
momento, por alguien, que ellos ni sabían, al revés de los otros tal vez,
extasiados por lo demás de esos sucesos, por esa historia de una fábrica que se
inauguraba, o la historia del último modelo del Siam estandarte de la industria
nacional, o por esas luchas inentendibles entre militares y civiles allá lejos,
como esa misma pantalla de ellos, saliendo y entrando de convenciones de
cenáculos donde se los veía jurar y después salir corriendo en medio de
revueltas callejeras, como fantasmas corriendo en éteres desconocidos, mientras
la voz en off explicaba para los que quisieran escuchar, en la parte hablada de
esas imágenes, alguna letra armada por jefes escondidos manipulando detrás de
esos escondidos seres de sombras de degradé del blanco y negro de las
filmaciones, mientras ellos, esos púberes calientes sin saberlo persiguiendo a
las niñas también calientes, en las sombras del cine teatro de esas matinés o
selectas que vivieron mucho tiempo, sin caer en la cuenta que en cada uno de
esos sucesos pasados, que podían interesar a alguien en este presente y tal vez
un porvenir desconocido, se intercalaban, las buenas y las malas, noticias de
toda laya, golpes de estado con el cultivo del trigo en las pampas porteñas.

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