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Saturday, May 24, 2014

María rima José.


Había que estar metido para no tener palabras frente a ella, había que ser bien pelotudo para mirarla nomás, los pocos días del único mes de cada año que ellos andaban por acá, unos momentos entre las once de la mañana y las tres de la tarde, había que ser muy pelotudo para pararse en el mismo lugar y esperar todas las putas veces su mirada, la mirada cándida de ella que llegaba infaltable, ella que también lo miraba, había que estar muy metido ser muy inocente un otario,  no emitir un sonido sabiendo que hay sonrojos, un sonrojo, sentir las mejillas quemando, había que ser un inocentón para que eso no diera lugar ni siquiera para una paja como las que se hacían los changos en las siestas escondidos detrás de los matorrales y los cañaverales jugando juegos de putos, era atormentarse con ella, mientras estaba, descansando o ensayando en el baldío donde ponían la carpa, cuando se iba, hasta el próximo año, podría haberse llamado así, como la virgencita que obraría el milagro para que el se volviera a encontrar con su amor, con su primer amor con su único amor, tendría que haberse llamado así, así ya hace rato que hubiera estado ubicándola, la tal sí, así, esa que se llamaba como la misma virgen, una rubilinga, flacucha, menudita y preciosa, de la familia de malabaristas contorsionistas del circo tal que se daba una vuelta por el ingenio cada año, al menos los últimos tres años, cuando él cumplió los quince, cuando se enamoró de ella, que tiene que haber andado también por esa edad, justo en esos días del año, un poco antes de la primavera donde se andaba a los estornudos sin saber si por las alergias o las gripes, portando alguna fiebres ligeras o unas carrasperas, simplemente, como decía la canción de Favio que corría en un disco en el tocadiscos con dos parlantes que tenía el viejo el dueño y ponía esos temas en los momentos de descanso, se tendría que haber llamado así, como se llaman las mayorías de las mujeres que andan por las calles, menos ella que era una de las artistas más espectaculares en el círculo grande la de arena donde además de ella, los otros artistas hacían suspirar a los que estuvieran mirando, y exclamar, porque los niños pequeños y mayores suspiraban largo cuando alguno se mandaba con rutinas antojadizas y peligrosas, inhalaban de golpe, soltaban de a poco, cuando ella terminaba convertida en una madeja humana en la que resultaba muy difícil distinguir los pies, las piernas, la cabeza, las manos, los brazos, que sobre el final de sus cuadros, porque terminaba en una bola de carne y de huesos elásticos, que dejaba los ojos desorbitados del público asombrado, se tiene que haber llamado así, como habrá pensado ella, por su cuenta, que él se estaría llamando José, el último año que estuvo el circo por el pueblo, justo cuando dejaron de verse para siempre.



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