Había que estar metido para no tener palabras
frente a ella, había que ser bien pelotudo para mirarla nomás, los pocos días
del único mes de cada año que ellos andaban por acá, unos momentos entre las
once de la mañana y las tres de la tarde, había que ser muy pelotudo para
pararse en el mismo lugar y esperar todas las putas veces su mirada, la mirada
cándida de ella que llegaba infaltable, ella que también lo miraba, había que
estar muy metido ser muy inocente un otario,
no emitir un sonido sabiendo que hay sonrojos, un sonrojo, sentir las mejillas
quemando, había que ser un inocentón para que eso no diera lugar ni siquiera
para una paja como las que se hacían los changos en las siestas escondidos
detrás de los matorrales y los cañaverales jugando juegos de putos, era
atormentarse con ella, mientras estaba, descansando o ensayando en el baldío
donde ponían la carpa, cuando se iba, hasta el próximo año, podría haberse
llamado así, como la virgencita que obraría el milagro para que el se volviera
a encontrar con su amor, con su primer amor con su único amor, tendría que
haberse llamado así, así ya hace rato que hubiera estado ubicándola, la tal sí,
así, esa que se llamaba como la misma virgen, una rubilinga, flacucha, menudita
y preciosa, de la familia de malabaristas contorsionistas del circo tal que se
daba una vuelta por el ingenio cada año, al menos los últimos tres años, cuando
él cumplió los quince, cuando se enamoró de ella, que tiene que haber andado
también por esa edad, justo en esos días del año, un poco antes de la primavera
donde se andaba a los estornudos sin saber si por las alergias o las gripes, portando
alguna fiebres ligeras o unas carrasperas, simplemente, como decía la canción
de Favio que corría en un disco en el tocadiscos con dos parlantes que tenía el
viejo el dueño y ponía esos temas en los momentos de descanso, se tendría que
haber llamado así, como se llaman las mayorías de las mujeres que andan por las
calles, menos ella que era una de las artistas más espectaculares en el círculo
grande la de arena donde además de ella, los otros artistas hacían suspirar a
los que estuvieran mirando, y exclamar, porque los niños pequeños y mayores
suspiraban largo cuando alguno se mandaba con rutinas antojadizas y peligrosas,
inhalaban de golpe, soltaban de a poco, cuando ella terminaba convertida en una
madeja humana en la que resultaba muy difícil distinguir los pies, las piernas,
la cabeza, las manos, los brazos, que sobre el final de sus cuadros, porque terminaba
en una bola de carne y de huesos elásticos, que dejaba los ojos desorbitados
del público asombrado, se tiene que haber llamado así, como habrá pensado ella,
por su cuenta, que él se estaría llamando José, el último año que estuvo el
circo por el pueblo, justo cuando dejaron de verse para siempre.

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