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Friday, May 23, 2014

Inocencias rima pérdidas.


Hubo un día una mañana tal vez de rabonas en la escuela haciendo una más de las infinitas travesuras a padres despistados, los niños se dieron cuenta que los malabaristas eran también encantadores de serpientes, hipnotizadores de dos boas inmensas y desdentadas que en unas jaulas especiales viajaban con el circo en esos días, y que cuando alguien le ponía una imitación del sonido de flautas especiales en un winco destartalado que se conectaba a la red precaria que autorizaba la municipalidad cuando daba el permiso, estas anacondas se ponían verticales al piso y movían sus cabezas, como si siguieran esos atisbos de música hindú que le mandaban por señales  sonoras y rítmicas que salían de la púa recorriendo intersticios en platos de pasta de vinilo, supieron los niños por boca de ellos, de los propios artistas, conversando en las tardes de descanso con los vecinos a través de las vallas que rodeaban las carpas y los trailer, que en los intervalos con los payasos haciendo monerías, algunos de ellos cambiaban sus trajes de fantasías para cambiar también de personajes y cambiar de espectáculo, especialmente, de espectáculos, porque eso es lo que daba en definitiva, los medios para que el circo se mantenga, menos empleados más entradas, hubo un día una mañana tal vez de rabonas en la escuela, que los niños cayeron en las cuentas que esos ídolos intocables musculosos y osados volando en las alturas a riesgos de sus muertes sin redes, se calzaban unos turbantes y unas bombachas de seda multicolores más los torsos descubiertos, y hacían maravillas como esas boas perezosas, cimbrados con bailarinas en danzas con soportes de bailes, de odaliscas que seguramente entretenían a los hombres más grandes que acompañaban a sus hijos, pero supieron también una mañana tal vez de rabonas, que en los intervalos de los payasos tropezando y cayéndose de culo y levantándose de nuevo, algunos de los mismos maravillosos trapecistas se colocaban sus disfraces de domadores con botas de caña alta pantalones pinzados blancos y chaquetas verdes o rojas con las que parecían valientes lores ingleses con los leones o duchos entrenadores de petizos que mientras daban vueltas en círculos en la pista central, galopaban bailando también al ritmo de la música que se escuchaba por los altoparlantes, descubrieron los niños también, que ya no estaban los músicos, ni los dos o tres anunciadores de otras épocas más gloriosas, y que al final de cuentas, que los malabaristas, algunos de ellos, una parte de esa familia del espectáculo todo el tiempo, algún día también hicieron los payasos, esos mismos que se reían todo el tiempo hasta que daban algún discurso, por el que se entristecían y entristecían hasta las lágrimas a todos los que estuvieran, que lloviera o tronara en sus vidas personales, tenían que salir a las pistas mientras los otros cuadros se preparaban, así fueron los niños perdido sus entusiasmos, pero los circos siguieron llegando, otros niños los esperaban ilusionados.


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