Hubo un día una mañana tal vez de
rabonas en la escuela haciendo una más de las infinitas travesuras a padres
despistados, los niños se dieron cuenta que los malabaristas eran también
encantadores de serpientes, hipnotizadores de dos boas inmensas y desdentadas
que en unas jaulas especiales viajaban con el circo en esos días, y que cuando
alguien le ponía una imitación del sonido de flautas especiales en un winco
destartalado que se conectaba a la red precaria que autorizaba la municipalidad
cuando daba el permiso, estas anacondas se ponían verticales al piso y movían
sus cabezas, como si siguieran esos atisbos de música hindú que le mandaban por
señales sonoras y rítmicas que salían de
la púa recorriendo intersticios en platos de pasta de vinilo, supieron los
niños por boca de ellos, de los propios artistas, conversando en las tardes de
descanso con los vecinos a través de las vallas que rodeaban las carpas y los
trailer, que en los intervalos con los payasos haciendo monerías, algunos de
ellos cambiaban sus trajes de fantasías para cambiar también de personajes y
cambiar de espectáculo, especialmente, de espectáculos, porque eso es lo que
daba en definitiva, los medios para que el circo se mantenga, menos empleados
más entradas, hubo un día una mañana tal vez de rabonas en la escuela, que los
niños cayeron en las cuentas que esos ídolos intocables musculosos y osados
volando en las alturas a riesgos de sus muertes sin redes, se calzaban unos
turbantes y unas bombachas de seda multicolores más los torsos descubiertos, y
hacían maravillas como esas boas perezosas, cimbrados con bailarinas en danzas
con soportes de bailes, de odaliscas que seguramente entretenían a los hombres
más grandes que acompañaban a sus hijos, pero supieron también una mañana tal
vez de rabonas, que en los intervalos de los payasos tropezando y cayéndose de
culo y levantándose de nuevo, algunos de los mismos maravillosos trapecistas se
colocaban sus disfraces de domadores con botas de caña alta pantalones pinzados
blancos y chaquetas verdes o rojas con las que parecían valientes lores
ingleses con los leones o duchos entrenadores de petizos que mientras daban
vueltas en círculos en la pista central, galopaban bailando también al ritmo de
la música que se escuchaba por los altoparlantes, descubrieron los niños también,
que ya no estaban los músicos, ni los dos o tres anunciadores de otras épocas
más gloriosas, y que al final de cuentas, que los malabaristas, algunos de
ellos, una parte de esa familia del espectáculo todo el tiempo, algún día
también hicieron los payasos, esos mismos que se reían todo el tiempo hasta que
daban algún discurso, por el que se entristecían y entristecían hasta las
lágrimas a todos los que estuvieran, que lloviera o tronara en sus vidas
personales, tenían que salir a las pistas mientras los otros cuadros se
preparaban, así fueron los niños perdido sus entusiasmos, pero los circos
siguieron llegando, otros niños los esperaban ilusionados.

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