Cuando pasaban las malarias los
payasos, mágicamente, se hacían vendedores de manzanas bañadas en caramelos, que
multiplicaban de golpe, una especie de cientos de pequeños e inquietos vampiros
entre los niños que molestaban más que miraban, en otros cientos de aureolas
rojas como sangre bordeando sus labios, cuando pasaban las malarias y en los
intervalos que marcaban los pasos de unos espectáculos a otros, algunos de
ellos se sacaban los zapatos enormes y esos disfraces rayados y multicolores
sus narices coloradas, y a cara limpia, encaraban esas ventas que reforzaban
los ingresos colocándose unos delantales impresos con el nombre de la compañía,
y una correas que bajando desde sus hombros, sostenían unos cajones
rectangulares donde llevaban además de las manzanas, chupetines en paletas de
muchos colores concéntricos, chupetines con la forma de pinitos de tres
colores, cajitas de maní con chocolate y unos chocolates con rellenos de menta,
algunos trapecistas también, escondidos en otros uniformes parecidos, también
hacían de vendedores del cotillón del
circo, que en pocos minutos sembraba las plateas y el gallinero, de gorritos de
colores, de globos con brillantinas, de serpentinas y de remeras que eran lo
más caro, con figuras y las leyendas recuerdos del circo, y los malabarista haciendo
de las suyas, se turnaban y recorrían los pasillos de las gradas con máquinas
de fotos que algunos otros revelarían en algunos rincones de un carpa, en unos
minutos después, cuando se pasaban las malarias todos se volvían unos chismosos
criticando al gordo del gerente que podría haber ahorrado en los tiempos de
abundancia para no hacerlos trabajar horas extras, lo que no se convierte en
alabanzas cuando no laburan, después de los tiempos de las escaseces para parar
la olla.

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