Había un tema que iba y volvía en
las historias de Liborionauta, aunque todas las veces bajo la forma de
complicadas tramas delictivas cruentas, de asesinatos o cuatrerismos pesados,
cargadas de suspensos y finales confusos y además inconclusos que dejaban
abiertos los laberintos de la imaginación de quien escuchaba que en ese caso
era yo solo, y ese tema era que en sus historias le gustaba hacer aparecer a
las conspiraciones y a los propios conspiradores como socios en las gracia más
que como socios en las desgracias, él insistía con esos costados de las
historias donde se detenía a describir contubernios, de patroncitos de
estancias con frailes comedidos que llegaban a las fincas a administrar los
sacramentos al por mayor incluidas las extremaunciones cuando los
fallecimientos coincidían con las semanas o los días que estos peregrinos se
quedaban asistiendo a sus ovejas, comerciantes con prostitutas envenenadas por
la sífilis muriéndose en hospitales públicos con salas antisépticas, él
insistía con perderse esos tiempos inmensos en esas descripciones por el lado
de la conveniencia de los que pergeñaban los acuerdos más que por el lado de
los medulosos razonamientos que también supongo se requerirían, para describir
la parte que él, descontando su experiencia de muchos años de comisario en el
mismísimo chicoana, con seguridad conocía, la de los trámites lentos y por
entonces efectivos de contar las asociaciones en las desgracias, que es lo más
común, a todo esto, mientras yo le sacaba todos los provechos a mi negocio, que
era empanzurrarme con esos higos hinchados y carnosos que partía con las uñas
de mis dedos gordos y que por mitades me desbordaban la boca y otras
sensaciones en esa mezcla de acritud y dulce que se desprende de ese símil de
la carne roja y blanca, jugos que pican en la lengua mientras se degustan,
supongo, los mejores manjares, además de tirar una líneas en unas hojas sucias
con un lápiz pegajoso por los mismos motivos de la mugre de comer mientras
charlaba, donde pretendía que registraba todo lo que él me decía, a todos esto,
mientras él, habrá tenido su propio negocio, porque era como que se encendía
recordando, como si cobrara bríos y energía, Liborionauta, allá, por esos días
donde nuestras constelaciones se encontraron en la que yo viajaba que era la de
beta, la de él o en la que él viajaba que entonces era de la psi.

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