No tengo idea si a mi longevo
abuelo le caía muy bien que yo fuera dos o tres veces por semana, tipo entre
las diez y las once de la mañana, y me quedara con él alrededor de una hora, no
tengo idea porque en mis torpezas de entonces que eran muchas menos que las
torpezas de ahora, no se me ocurrió preguntarle, lo que podría haber hecho a
cambio de seguir al pie de la letra un pedido de mi madre que era su hija que
en realidad tibiamente me lo sugirió como diciendo que la daba tranquilidad si
alguien lo veía en estos intervalos, porque más viejo más solitario se volvía,
confirmando lo que siempre se escuchaba en la familia que dijo, escuchar los
dramas de la gente lo vuelve a uno más viejo, así que obviamente que optando
por ser menos viejo y resistiéndole al paso inexorable de los años él se
aislaba cada vez más, no tengo idea si a ese viejo de pocas palabras y casi
cien años, le venían bien mis visitas que, después de probar un par de frutos
carnosos y azucarados de la higuera de la casona donde vivía y de escuchar
también dos o tres de historias de sus épocas de policía y de comisario de
pueblo, historias grises de tipos grises y difusos en todos los casos escapados
de patronatos y delincuentes rurales, se hicieron habituales, no tengo idea si
a mi longevo abuelo, Liborionauta le caía muy bien que yo fuera, lo que sí se
es que él, ahí nomás, en alguna de las primeras visitas, le encontró algún
filón a mis visitas, y en un momento, esperaba que llegara cada mañana cada uno
de los días de la semana cuando iba, como si en algún punto de su constelación,
o de la mía, se hubiera estado dando una eclipse entre alfa y omega.

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