Unos pocos días fueron
suficientes para el carancho jefe de personal para dejar montadas todas las
prácticas y los amasamientos que necesitaba para monitorear como correspondía
los amasijos como le había pedido el mismísimo ingeniero, todos los pasos que
habrían de darse de manera mancomunada entre los milicos y la empresa sin que
nadie más se enterara, para hacer la razia de los doscientos zurdos más
peligrosos que infectaban las fábricas, bajarles la afectación a la planta con
cirugías mayores en los legajos, y volver a las normalidades con los bolivianos
y los negros iracundos y no iracundos, porque tenían la información que los
marxistas llegaban con sus discursos a unos cuantos y eso como todas las cosas
de este mundo se corrigen con plata con mucha plata de coimas de premios de
recompensas, reuniones diarias, con los directores que en ingenio eran cinco y
poco más poco menos, conocían lo que él mismo les hizo conocer según las
precisas instrucciones de ese jefe con el que se entiende, con las señas, con
las miradas con los gestos más que nada con los gestos que nacen del otro que
es el jefe, esas similitudes esas comuniones que hacen que se reemplacen las
palabras, que solo a través de cruces de miradas, ya el otro sepa exactamente
lo que el otro quiere, o está sintiendo o pide, esas reuniones de cada día, más
las aceitadas que necesitaron las coincidencias las codificaciones de toda la
escritura que se creyó que se daría, que cuando todo comenzara emperezarían a
llegar con los mensajes por el teletipo, cómo se transmitirían noticias desde
ingenio a casa central para que llegaran sin filtraciones a la gente del directorio
sin nadie que se entrometiera en los asuntos de la empresa o pudiera cambiar
los contenidos, salvo él y el ingeniero, más todos los que ese jefe ordenara.

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