Unos bacanes eran algunos de los
niños a las nueve de la mañana o a las cuatro de la tarde cuando llegaban las
horas de las colaciones y entraban las porteras una con las pavas largas y
humeantes y la otra con unas bandejas grandes con los bizcochos de grasa que
repartían con el mate cocido con el chocolate en los días de festejos, eso era la vida, vidaza, vidurria, todo un lujo, más que
nada en los inviernos que venían como anillo al dedo para el hambre que a esas
horas tenían si el día se daba sin monedas en los bolsillos para comprar algo a
la caramelera a través del alambrado, unos bandidos para urdir zancadillas que
nunca se terminaban de dar porque al último que lo hizo lo expulsaron, como los
otros bandoleros que los miraban desde el frente donde iban los hijos de los
empleados más acomodados de la empresa a ellos no los alimentaban ya venían así
de sus casas, esos atildados adornados con unos moños azules que eran en
realidad una cintas de rasos que llevaba todos sin excepciones sobre los
blancos guardapolvos, los niños buenos estaban en las películas de las matinés
de los domingos en el cine teatro, en la imaginación de los que lograban verlas
más que alrededor en las butacas, por allá por esos días en que no miraban las
películas porque quien más quien menos de todos, transpiraban la gota gorda por
la proximidad de la niña o del niño de los sueños, o molestaba directamente a
los más grandes que aprovechaban para hacer lo que ellos no hacían todavía, los
niños buenos aparecían en la pantalla, en fábulas en las imaginaciones, en
anécdotas contadas en los noticieros de sucesos argentinos, en algunas de esas
historias que se contaban en las proyecciones que bajaban como un poderoso haz
de luz desde atrás bien arriba donde estaba la cabina de proyecciones, sin que
nadie la registrara, porque los niños malos los sabandijas esos mismos, ellos,
eran los mismos indisciplinados que las volvían locas a las señoritas de cuarto
a sexto grado, que era cuando comenzaban a ponerse cargosos en las filas
tocándole el culo a las minas compañeras o mirando lo que no tenían que mirar
en las demostraciones de educación física que se hacían puntualmente en las fiestas del doce de
octubre, que era cuando más cargosos se ponían, porque las señoritas
aprovechaban ese día para discursear o demostrar sus habilidades y los resultados
de sus habilidades en las exposiciones de manualidades o de dibujos que tenían
trabajos contados con las manos, juntando los de los turnos de la mañana de la
tarde y el vespertino, los niños buenos estaban en las películas de las matinés
de los domingos en el cine teatro, ellos eran los niños malos, que se tiraban
pedos sordos en las clases por lo que las maestras tenían que sacar a los demás
a tomar aire puro, los niños buenos estaban en las imaginaciones de esas
señoritas que no perdían las esperanzas que los indios reconsideraran por su
cuenta sus tropelías, sus rebeldías, ellos eran una barra de los burros
marcados que además tenían enfrentamiento con lo mate cocido que eran de la
otra escuela la del frente, y de vez en cuando se agarraban a las patadas
porque dos de los más corajudos entre todos los vergonzosos y cagones, se
encontraban y se animaban a agarrarse además a trompadas.

No comments:
Post a Comment