Cuando llegaban los momentos en
que las comadronas que estaban de festejos, una hora antes que empezaran las
ceremonias con las tortas y los ajuares de la torta que aparecían luego que las
niñas o los niño tiraran de la cintas celestes y rosas si la fiesta era de
amiguitos y amiguitas, cuando llegaban los momentos de distribuir los
sanguchitos y unas porciones minúsculas de pastafloras porque los niños
desperdician mucho y tiran al piso y se enchastran mucho, cuando llegaban los
momentos en que las comadronas que estaban de festejos aparecían con las ollas
con clericó para la gente grande que vino con los chicos, las niñas crecidas y
calientes calculaban bien los tiempos para encontrarse en los rincones
convenido con sus galanes urgidos de manos de caricias de abrazos, ocasionales,
cortos, efectivos, escondidos detrás de los cortinados de terciopelo color
borra de vino de los salones del club recreativo o de los salones de fiesta del
sindicato de obreros y empleados, allá corrían a dar y a pedir besos furtivos
en las bocas y abrazos emulando los abrazos y copiando los cuadros de las
películas dedos de oro o solo se vive dos veces, cuando llegaban los momentos
que las comadronas pasaban con esas ollas repletas de clericó hasta los bordes
tomando por los magos cucharones inmensos para volcar ese licor dulce y
apetecible en las copas más finas colocadas en los centros de las mesas para
preservarlas de las manitos de los más diabólicos niños, cuando llegaban las
comadronas las niñas contaban tantos minutos para que el licor se les subiera a
las cabezas a sus progenitoras vigilantes y celosas y se pusieran locuaces en
contarles sus cuitas a sus vecinas sentadas en sillas plegables de madera, y
calculaban también los tiempos de los abrazos clandestinos, esos abrazos que
alcanzaban para mitigar las calenturas que por esos años les bajaban muy
seguido, cuando llegaban los momentos en que las madres se distraían las niñas
se divertían jugando a la mamá y el papá.

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