Veranos rima inviernos.
La morocha infartante y hecha un
fuego lo rozó al vago como si fuera una gran hoguera que se encendió de golpe y
lo consumió, una vez, y otra vez de nuevo, cambiándole de la noche a la mañana
lo que pensaba de los inviernos que pasaba, comparando las frialdades de las
cosas rutinarias y pesadas como el acné que no termina de irse, y así muchas
veces, en medio de erecciones que llegaban con la misma facilidad con que se
iban por los requerimientos de esa hembra prendida por todos lados, arriba,
abajo, a los costados, enérgica como él, en ese marasmo de piernas enredadas y
manos tocando al otro, escarbando con el tacto lo que apenas conoce lo que
apenas ella conoce más que él, en franelas con la ropa puesta chapadas largas
sin interrupciones, y el vago, más que contento, porque no se lo esperaba, con
el verano ese que cambiaba los patrones de otros veranos anteriores veranos sin
inviernos en el medio, veranos de
aburrimientos en canchas de tenis con el piso de ladrillo molido y el sol
pegando fuerte, de insolaciones, de amodorramientos, al costado de piletas de
aguas celestes y cristalinas y sombras de palmeras apacibles de las que caían
unos cocos pequeños amarillos y negruzcos, casi podridos, que de rato en rato,
significaban nubes de mosquitos cerca, de días que pasaban así en rutinas
parecidas, de niñas blancuzcas y desabridas, temerosas de machos apabullantes,
niñas indiferentes, recostadas en reposeras blancas de plástico amarillento con
algún libro de Sastre mal leído por hojear un Para Ti de mamá, niñas de charlas
inconsistentes con otros en vacaciones ocasionales, distinta a ellas la morocha
infartante y hecha un fuego lo rozó al vago como si fuera una gran hoguera que
se encendió de golpe y lo consumió, sin que le importaran los orgasmos, igual
que a él, que como ella, no sabía nada más de lo que sabe cualquiera andando
por los veinte con el sexo que le tocó, descubriendo en el instinto, y el vago,
siguiendo con obediencia los avances de esa mujer, primera mujer con mayúsculas
de su vida considerando esos encuentros en el quinientos cuatro estacionado y
convertido en dormitorio en cortadas por donde no circula nadie, alzado en sus
desbandes se entusiasmó de manera que se enamoró de tal forma que esperó otro
verano, de los veranos de siempre pero con ella, el mismo vago que vio como se
desmoronó su ilusión cuando no volvió más, como si el verano se hubiera
convertido en invierno para él, con ella.

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