Chicos grandes en cuerpos de
niños, el fitito fue perfecto para hacer las cochinadas que hicimos, auto chico
de espacios grandes para grandes chicos, para dos cochinos, según las
calificaciones de mi papá opinando con mi mamá, amargándola, presionándola,
como cada jornada lo hacía como si fuera un deporte, y generalmente cuando se
chismoseaba de mujeres ligeras y no de hombres mujeriegos, el fito fue el bulo
perfecto estacionado en ese atardecer caluroso de diciembre del setenta, en una
entrada de Calilegua, en la yungas, en el desvío del camino a esa zona, que
tenía una corrida en dos lados de caña bambú, con puntas de janas inclinadas
hacia el centro, como si fuera una cúpula del edén perfecto también, donde
quedamos los dos, a mano, mano a mano, sin saber muy bien lo que queríamos, cuando era de niños nadie explicaba de esas cochinadas aunque se fuera grande y comenzaran, sin saber de eso pero sí de
la calentura que sentimos, en ese lugar especial para tomarlo de villa cariño, el
seiscientos fue todo perfecto, para ella, una niña dos años menor que yo, de
rizos rubios doblados muchas veces, como tirabuzones de oro bajando sobre sus
hombros, que caían terminando en una maraña de pelo, bello, como era bella
ella, de su cabeza, como si fueran cascadas de oro reluciendo en la oscuridad,
una niña de ojos azules claros y unos pechos que excitaban de solo
contemplarlos, grandes, rebosados, rebosantes, del dorado del sol de su tez
apenas de joven con horas de sol tomado en bolas, ella se puso blanda al primer
contacto de mis manos sobre su cintura y de mis labios de torpe sobre sus
labios de torpe, tal vez transportada como yo en el asiento que reclinamos, dejando
más que oponiendo como yo que de golpe me creí James Dean en rebelde sin causa,
tal vez transportada como yo al este del paraíso, no opuso ninguna resistencia
cuando traté de cerrar mi mano sobre el muslo de su pierna mientras la sostenía
de la nuca para que sus labios no despegaran de los míos, el corazón me saltaba
con las ganas mías y esa erección tan perfecta y placentera que tiene que haber
intuido porque sentí su mano recorriendo esas longitudes, no sé si muchas o
pocas como decían los amigos, jodiendo con eso, lo que sí sentí es que para
ella eso fue suficiente, porque quedó asida a mi por ahí durante largos minutos
que terminaron cuando mi mano comenzó a bajar su bombacha suavemente, y sentí
la tibieza con fragancias que fueron saliendo de allí hasta que despojada de
bragas abrió sus piernas y me tironeó a su centro, antes de hacerlo yo había
eyaculado y entendí que ella también había acabado, chicos grandes en cuerpos
de niños amañamos mal pero amañamos, nos acomodamos la ropa que no nos sacamos,
y volvimos al pueblo en silencio.

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