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Tuesday, March 04, 2014

Tamaños rima amaños.



Chicos grandes en cuerpos de niños, el fitito fue perfecto para hacer las cochinadas que hicimos, auto chico de espacios grandes para grandes chicos, para dos cochinos, según las calificaciones de mi papá opinando con mi mamá, amargándola, presionándola, como cada jornada lo hacía como si fuera un deporte, y generalmente cuando se chismoseaba de mujeres ligeras y no de hombres mujeriegos, el fito fue el bulo perfecto estacionado en ese atardecer caluroso de diciembre del setenta, en una entrada de Calilegua, en la yungas, en el desvío del camino a esa zona, que tenía una corrida en dos lados de caña bambú, con puntas de janas inclinadas hacia el centro, como si fuera una cúpula del edén perfecto también, donde quedamos los dos, a mano, mano a mano, sin saber muy bien lo que queríamos, cuando era de niños nadie explicaba de esas cochinadas aunque se fuera grande y comenzaran, sin saber de eso pero sí de la calentura que sentimos, en ese lugar especial para tomarlo de villa cariño, el seiscientos fue todo perfecto, para ella, una niña dos años menor que yo, de rizos rubios doblados muchas veces, como tirabuzones de oro bajando sobre sus hombros, que caían terminando en una maraña de pelo, bello, como era bella ella, de su cabeza, como si fueran cascadas de oro reluciendo en la oscuridad, una niña de ojos azules claros y unos pechos que excitaban de solo contemplarlos, grandes, rebosados, rebosantes, del dorado del sol de su tez apenas de joven con horas de sol tomado en bolas, ella se puso blanda al primer contacto de mis manos sobre su cintura y de mis labios de torpe sobre sus labios de torpe, tal vez transportada como yo en el asiento que reclinamos, dejando más que oponiendo como yo que de golpe me creí James Dean en rebelde sin causa, tal vez transportada como yo al este del paraíso, no opuso ninguna resistencia cuando traté de cerrar mi mano sobre el muslo de su pierna mientras la sostenía de la nuca para que sus labios no despegaran de los míos, el corazón me saltaba con las ganas mías y esa erección tan perfecta y placentera que tiene que haber intuido porque sentí su mano recorriendo esas longitudes, no sé si muchas o pocas como decían los amigos, jodiendo con eso, lo que sí sentí es que para ella eso fue suficiente, porque quedó asida a mi por ahí durante largos minutos que terminaron cuando mi mano comenzó a bajar su bombacha suavemente, y sentí la tibieza con fragancias que fueron saliendo de allí hasta que despojada de bragas abrió sus piernas y me tironeó a su centro, antes de hacerlo yo había eyaculado y entendí que ella también había acabado, chicos grandes en cuerpos de niños amañamos mal pero amañamos, nos acomodamos la ropa que no nos sacamos, y volvimos al pueblo en silencio.

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