En los años cuarenta, el carancho
estuvo todo un verano en un ingenio del jardín de la república, jugando al
tenis en cancha de ladrillo molido, como podía, nadie le había enseñado pero se
daba maña de ver y de arriesgarse en cada partido, y se gastaba todo el buen
sueldo que consiguió en la administración de la fábrica, para comprarse mudas
de la ropa blanca impecable del uniforme impecable que necesitaba cada día de
los tres que iba por eso, para estar impecable él mismo, como correspondía a un
tipo bien criado como él, todos los días de cada uno de esos tres días, para
eso, porque salvo los lunes que cerraban el club social para abrirle las
puertas a los proveedores, él aprovechaba las actividades, esas del juego y de
las otras, para hacer relaciones, sociales, cualesquiera, se recreaba
trabajando o trabajaba en sus recreos, lo veía de esa manera, hasta tomaba
aperitivos con los veteranos de las bochas en los largos atardeceres de todos
los miércoles, y cerveza con los jugadores de sapos los viernes a las noches
después de alguna de las comilonas importantes que se organizaban, chupines de
bagre, cabezas guateadas, picantes de mondongo, disfrutaba, como de las zapatillas
blancas especiales, los pantalones pinzados de ruedos prolijos y las remeras de
piqué o las camisas de hilo, liviano, como el de la campera liviana por las
dudas para las noches frescas, todos sus ingresos se los iba gastando en eso
más que en comer y cubrir sus otros gastos que no le importaban demasiado, inversiones
eso eran, el carancho sabía que después sacaba sus ventajas, en eso y en
contratarse muy especialmente a la lavandera de la soltería para que todos los
días, sin faltas cuando volvía de la cancha, le lavara con lejía la muda que
estaba sucia, para dejarla extendida toda la noche y con todo cuidado, y almidonar
y planchar para que ese uniforme estuviera listo para un próximo partido, inmediatamente
sin postergaciones ni demoras le daba propinas que duplicaban el jornal del
día, en intercalaciones que hacía para no dejar ningún detalle librado a la
suerte que además lo acompañaba, más que nunca por esos tiempos, más que
aprender o interesarse en el tenis en esa sede del paquete Lawn Tennis, en los
años cuarenta, el carancho estuvo todo un verano aprovechando ese par de meses
entre diciembre y marzo, para hacer relaciones sociales que terminaron con
buenos resultados, en un casamiento respetable y por conveniencia, porque la
novia que consiguió en tantas jornadas de juego, era medio pizpireta y entonces
la sobrevolaban halcones que se llevaban sus tajadas por pequeñas que fueran, pero
sin promesas de bodas que él las hizo al propio progenitor que le quedó más que
agradecido, y por amor también porqué no, tuvo ese matrimonio con una moza de
la aristocracia ascendente de los comerciantes del pueblo, así se fue haciendo
el muchachito que se había recibido de maestro normal nacional un año antes, lleno
de sueños y de ambiciones de llegar lo más alto que pudiera, en los años
cuarenta, el carancho estuvo todo ese verano en ese ingenio del jardín de la
república, donde fue nombrado encargado de la oficina que armaba los contratos
de los santiagueños que venían como cosecheros a la zafra.

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