Quién hubiera sabido justo el momento,
quién hubiera podido en esos momentos determinar cuál era el momento o cuándo
llegaría el momento de pasar esa línea de frontera con ellas con cualquiera de
ellas porque la verdad a él le daba lo mismo cualquiera, alta un poco más baja,
gorda un poco más flaca, morena un poco más trigueña, la cosa es que le hubiera
dado lugar para no andar tan solitario en forma evidente esa que lo dejaba al
borde del temblor de la impotencia el foco de la mirada de todo que tenían sus
parejas en las milongas de los sábados en lo del gringo Matos, donde los cinco
de fuego tocaban puerto Montt de los iracundos para empezar con los lentos que
era cuando los ganadores quedaban con las ganadoras en parejas y todos los
demás pasaban a ser los actores de las películas de los chismes de los días
siguientes en los pasillos de las escuelas de las dos únicas escuelas
secundarias del pueblo, quién hubiera sabido justo el momento un poquito
después de las seguidillas de tarantelas y de se va el caimán se va el caimán
que con una precisión de relojeros los de la banda terminaban sus secuelas de
movidos para entrar a la hora de lentos, larga hora de los lentos donde él y los
otros pocos se quedaban a las orillas de la pista de ladrillos alisados en
penumbras fumando la mitad de un paquete de Derby, en evidencia que aun no se
había levantado a una de esas pícaras amigas que filtreaban con todos, reinas
únicas por esos días de esos reinos de
noctámbulos efímeros, quién hubiera sabido justo el momento, para no afligirse
como el flaco se afligía como si fuera una cuestión de privilegios estar o no
estar acompañado franeleando debajo de la luz blanca en esa ceremonia que se
repetía sábado tras sábado, quién hubiera podido en esos momentos determinar
cuál era el momento para que no pensara que no le daban bola por las manchas de
los granitos o porque tenía unos pocos kilos de más, cuándo llegaría el momento
de pasar esa línea de frontera con ellas con cualquiera de ellas, de esas niñas
que pasaban por lo mismo, planchando en una silla arrugando se sostener una
mirada fija sin rubores.

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