Cuando todo se ponía en silencio
finalmente, como a las cinco de la mañana del domingo, el gringo Matos
remoloneaba en la cama para darse vuelta, se tiraba el pedo que le salía de
acomodar su guata con el cambio de posición en la cama, y seguía durmiendo,
ajeno a las cabezas de las ratas que, entre las sombras del salón y la luz de los primeros rayos del sol asomando, y en distintos puntos del tinglado
aparecían moviendo los hocicos y los rabos olfateando los restos de comida que
quedaban de las farrucas de los viernes a las noches, que eran largas, porque
empezaban como a las siete de la tarde con el gringo y sus amigos pasando
litros de cervezas, y gramos de fiambre troceado con los que se llenaban
docenas de platos y de platitos, que en total hacían a las picadas con las que
los amigos se atragantaban, que empezaban a esas horas más o menos y terminaban entrada la madrugada, jodas que tenían su álgido momento entre las once y las
doce de la noche cuando llegaban los de la banda que a la medianoche en punto y
hasta las cuatro de la mañana también en punto no paraban de tocar canciones de
los Beatles pasando por palito y el pata pata de la Miriam Makeba, cuando todo
se ponía en silencio finalmente, y después de las rutinas de las vueltas en la
cama del pedo y de las ratas bigotudas detrás del alimento, el gringo soltaba
el último ronquido y conciliaba el sueño hasta escuchar las campañas de la misa de once, porque hasta ese momento los otros estertoras que le salían del centro del pecho congestionado, los anteriores, eran más
fuertes que la música en algunos rincones del viejo tinglado, como si él se
hubiera estado quejando a lo largo de toda la fiestonga cuando la verdad era que no se quejaba de
nada, la vaquita que recibía como alquiler de los muchachos le alcanzaba para
comer durante toda la semana qué podría quejarse, él no se quejaba del ruido, y los muchachos no se
quejaban de sus ronquidos.

No comments:
Post a Comment