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Sunday, March 23, 2014

Bailes rima ronquidos.




Cuando todo se ponía en silencio finalmente, como a las cinco de la mañana del domingo, el gringo Matos remoloneaba en la cama para darse vuelta, se tiraba el pedo que le salía de acomodar su guata con el cambio de posición en la cama, y seguía durmiendo, ajeno a las cabezas de las ratas que, entre las sombras del salón y la luz de los primeros rayos del sol asomando, y en distintos puntos del tinglado aparecían moviendo los hocicos y los rabos olfateando los restos de comida que quedaban de las farrucas de los viernes a las noches, que eran largas, porque empezaban como a las siete de la tarde con el gringo y sus amigos pasando litros de cervezas, y gramos de fiambre troceado con los que se llenaban docenas de platos y de platitos, que en total hacían a las picadas con las que los amigos se atragantaban, que empezaban a esas horas más o menos y terminaban entrada la madrugada, jodas que tenían su álgido momento entre las once y las doce de la noche cuando llegaban los de la banda que a la medianoche en punto y hasta las cuatro de la mañana también en punto no paraban de tocar canciones de los Beatles pasando por palito y el pata pata de la Miriam Makeba, cuando todo se ponía en silencio finalmente, y después de las rutinas de las vueltas en la cama del pedo y de las ratas bigotudas detrás del alimento, el gringo soltaba el último ronquido y conciliaba el sueño hasta escuchar las campañas de la misa de once, porque hasta ese momento los otros estertoras que le salían del centro del pecho congestionado, los anteriores, eran más fuertes que la música en algunos rincones del viejo tinglado, como si él se hubiera estado quejando a lo largo de toda la fiestonga cuando la verdad era que no se quejaba de nada, la vaquita que recibía como alquiler de los muchachos le alcanzaba para comer durante toda la semana qué podría quejarse, él no se quejaba del ruido, y los muchachos no se quejaban de sus ronquidos.  

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