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Saturday, March 01, 2014

Amigos rima enemigos.




La mujer volvió, desalentada, de esa jornada, después de un día tan aciago, un día que había comenzado a las cuatro y media de la mañana, con uno de esos ruidos que son imperceptibles al oído pero enormes medidos por las aceleraciones de las pulsaciones que ponen inmediatamente un dolor de cabeza intenso a la altura de la nuca, ruidos distintos a los de un perro pulguiento empecinado en ladrar a esa hora de la madrugada o a los despavoridos alaridos de las gatas enfundadas por sus machos en los tejados, estos fueron apenas de unos vehículos que en el momento, no había podido determinar, pasaron o se estacionaron, pero a la mujer se le subió el Jesús a la boca, ahí nomás, sin mediar muchas palabras, un grupo como de diez corpulentos hombres a cara descubierta entre empleados del ingenio y gendarmes armados hasta los dientes, irrumpieron en la casa y se lo llevaron alegando la legitimidad de la orden que tenían firmada por el juez de paz del pueblo, un viejito más cerca del arpa que del proceso que los había sacado carpiendo por despertarlo en la mitad de sus sueños, en ese momento se acordó la mujer aunque no lo podía aunque no lo debía contar, que después de copular un rato entes él le había dicho que fue una pegada renunciarles a los del hospital del ingenio, que no los necesitaba y que dios se compadezca de esos hijos de puta que tienen remedios para los ricos nomás y los pobres se pueden morir de inanición, de desnutrición y del hambre, eso, más lo que vivió que le llevaran al carancho por averiguación e antecedentes, teniendo en cuenta que además fuera el intendente en el momento del golpe de estado, no le bajó para nada la calentura de olla de presión que le agarró por todo eso, la mujer volvió, desalentada, de esa jornada, porque fue como el final de una peregrinación que hizo por todos los lugares donde se imaginó que la ayudarían para que pudiera ver a su marido en la cárcel de villa Gorriti, adonde había entrado incomunicado también según las instrucciones del juez de paz, antes de la misa de las siete con el cura que era un gallego que haciéndose el boludo ensayó una suerte de media docena de bendiciones y dio algún discurso sobre el consuelo en la adversidad que terminaron convenciendo a la mujer que la vuelta de su carancho a su nido y al consultorio de niños que ese día no abrió, sería imposible por los menos por el lado del fraile, la mujer volvió, desalentada, de esa jornada, el miedo comenzó a correr como reguero de pólvora, porque cuando se reunió con la media docena de los honorables miembros de la honorable comisión del Club de Leones, que postergaron sus siestas irremplazables posteriores al almuerzo, club donde era presidente su marido, como un aval de sus compadres de la sirio libanesa que sin ser sirio ni libanés lo dejaban ir en las siestas a coquear y jugar a los naipes con ellos, también le salieron con evasivas y efugios, que le causaron hasta nauseas, una cosa rara en ella que además de mujer era dentista y lidiaba con los roñosos de la boca y de los otros lugares de donde se desprenden olores, todo el día todos los días, lo mismo le pasó como a las nueve de la noche con los compañeros y amigos del deportivo Alberdi que les dieron explicaciones de escolásticos, la mujer volvió, desalentada, de esa jornada, después de semejante periplo entre amigos del tipo con resultados negativos, resultados bizantinos pensando, que con amigos así para qué se necesitan enemigos.

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