La mujer volvió, desalentada, de
esa jornada, después de un día tan aciago, un día que había comenzado a las
cuatro y media de la mañana, con uno de esos ruidos que son imperceptibles al
oído pero enormes medidos por las aceleraciones de las pulsaciones que ponen
inmediatamente un dolor de cabeza intenso a la altura de la nuca, ruidos
distintos a los de un perro pulguiento empecinado en ladrar a esa hora de la
madrugada o a los despavoridos alaridos de las gatas enfundadas por sus machos
en los tejados, estos fueron apenas de unos vehículos que en el momento, no
había podido determinar, pasaron o se estacionaron, pero a la mujer se le subió
el Jesús a la boca, ahí nomás, sin mediar muchas palabras, un grupo como de
diez corpulentos hombres a cara descubierta entre empleados del ingenio y
gendarmes armados hasta los dientes, irrumpieron en la casa y se lo llevaron
alegando la legitimidad de la orden que tenían firmada por el juez de paz del
pueblo, un viejito más cerca del arpa que del proceso que los había sacado
carpiendo por despertarlo en la mitad de sus sueños, en ese momento se acordó
la mujer aunque no lo podía aunque no lo debía contar, que después de copular
un rato entes él le había dicho que fue una pegada renunciarles a los del
hospital del ingenio, que no los necesitaba y que dios se compadezca de esos
hijos de puta que tienen remedios para los ricos nomás y los pobres se pueden
morir de inanición, de desnutrición y del hambre, eso, más lo que vivió que le
llevaran al carancho por averiguación e antecedentes, teniendo en cuenta que
además fuera el intendente en el momento del golpe de estado, no le bajó para
nada la calentura de olla de presión que le agarró por todo eso, la mujer
volvió, desalentada, de esa jornada, porque fue como el final de una
peregrinación que hizo por todos los lugares donde se imaginó que la ayudarían
para que pudiera ver a su marido en la cárcel de villa Gorriti, adonde había
entrado incomunicado también según las instrucciones del juez de paz, antes de
la misa de las siete con el cura que era un gallego que haciéndose el boludo
ensayó una suerte de media docena de bendiciones y dio algún discurso sobre el
consuelo en la adversidad que terminaron convenciendo a la mujer que la vuelta
de su carancho a su nido y al consultorio de niños que ese día no abrió, sería
imposible por los menos por el lado del fraile, la mujer volvió, desalentada,
de esa jornada, el miedo comenzó a correr como reguero de pólvora, porque
cuando se reunió con la media docena de los honorables miembros de la honorable
comisión del Club de Leones, que postergaron sus siestas irremplazables
posteriores al almuerzo, club donde era presidente su marido, como un aval de
sus compadres de la sirio libanesa que sin ser sirio ni libanés lo dejaban ir
en las siestas a coquear y jugar a los naipes con ellos, también le salieron
con evasivas y efugios, que le causaron hasta nauseas, una cosa rara en ella
que además de mujer era dentista y lidiaba con los roñosos de la boca y de los
otros lugares de donde se desprenden olores, todo el día todos los días, lo
mismo le pasó como a las nueve de la noche con los compañeros y amigos del
deportivo Alberdi que les dieron explicaciones de escolásticos, la mujer
volvió, desalentada, de esa jornada, después de semejante periplo entre amigos
del tipo con resultados negativos, resultados bizantinos pensando, que con
amigos así para qué se necesitan enemigos.

No comments:
Post a Comment