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Thursday, February 06, 2014

Uniones rima desuniones.

Indefectiblemente comenzaban a juntarse los viernes, organizando comidas de pizzas por metros y masivas porque eran muchos cuando se juntaban las dos familias y había que dar de comer a toda esa jauría de niños hambrientos y molestos que en número de ocho más cuatro que eran ellos daban una mesa para atender como la de los apóstoles con más hambre del que tuvieron esos santos en su noche de la última cena, es que compartían simpatías y afectos ganchos de mimos, porque además de ser vecinos los hombres cabezas de sus familias trabajaban en el mismo taller de mantenimiento de la fábrica, y el amor por los hierros y los mecanismos de engranajes y rulemanes los unía en conversaciones largas y medulosas, de horas y horas sobre los tableros donde con portaminas escuadras y transportadores proyectaban en dibujos y precisiones de geometrías que también les encantaban, o arrodillados en los rincones de la fábrica donde se reparaban las maquinarias, tornos trituradores y tornillos especiales para los trapiches, insistentemente los mediodía de los sábados los esquivaban con las comidas porque los chicos con el motivo de la vecindad tan pegada del otro lado de la tapia hacían sus programas todo el tiempo juntos en las veredas o en las plazas cercanas de una calle en un pueblo donde no había circulación de vehículos, y se entretenían y las necesidades de gastronomías se atendían desde cada una de las casas de cada familia, las madres porque ellos trabajaban en la fábrica por turnos y los turnos de los sábados en zafras se terminaban a las trece y sábado después de las comilonas las siestas eran sagradas como hasta las seis de la tarde cuando comenzaban de nuevo las iniciativas que se deban como programas comunes de las dos familias, inminentemente los sábados a las noches se resolvían en asados pantagruélicos porque los jefes de familia aprovechaban para empanzarse de maruchas y chorizos y morcillas y tomarse unos buenos vinos, porque los domingos en zafras eran de francos largos con la excepción de las emergencias para las que tenían a unos cuantos obreros leales que les resolvían los problemas hasta que los ingenieros llegaran después y aunque estuvieran con dolores de cabeza por la resaca, en esas conversaciones cuando quedaban solos fantaseaban con sus mujeres dotadas de buenos culos de buenas caderas y tetas y bromeaban sin que ellas lo supieran si la mujer de uno hubiera sido la del otro y si la del otro hubiera sido la de uno, sanamente, lo aclaraban entre ellos cuando alguno se pasaba en alguna de las consideraciones subidas de tono, como para no desentonar con diferencias que quizás se remontaban a sus deseos, ciertamente los domingos terminaban con alguna pasta para todos que se comía en la casa contraria adonde se hubiera comido el asado anterior para empatar con las obligaciones de lavar la vajilla y limpiar después de las comidas.
Marchaban bien esas uniones, hasta la vez que salieron juntos a la ruta rumbo a las playas que en conjunto eligieron para pasar sus vacaciones, marchaban bien esas camaraderías hasta la vez que tomaron la recta larga del cuarteadero entre Guemes y San Pedro, que allá en algún punto después de remontar la pendiente como dos kilómetros, arriba como a trescientos metros terminaba en una curva cerrada, donde un camión que circulaba en sentido contrario armó un desparramo de vuelcos y derrapadas con sus autos cargados de bártulos y de niños, que terminaron con un muerto en cada una de las familias, una mujer y un varón de los mayores, todo destruido por el destrozo, por los destrozos materiales y no materiales del accidente, distanciamientos que temieron, que no se dieron porque apenas resueltas las convalecencias los sobrevivientes se juntaron y de dos hicieron una familia.
De golpe, el sueño de un juego de niños de ruego denuedo, eso de andar queriendo lo que tiene el otro por probar no más lo que está prohibido, para uno se convirtió en una profecía auto cumplida.


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