Indefectiblemente comenzaban a
juntarse los viernes, organizando comidas de pizzas por metros y masivas porque
eran muchos cuando se juntaban las dos familias y había que dar de comer a toda
esa jauría de niños hambrientos y molestos que en número de ocho más cuatro que
eran ellos daban una mesa para atender como la de los apóstoles con más hambre
del que tuvieron esos santos en su noche de la última cena, es que compartían
simpatías y afectos ganchos de mimos, porque además de ser vecinos los hombres
cabezas de sus familias trabajaban en el mismo taller de mantenimiento de la
fábrica, y el amor por los hierros y los mecanismos de engranajes y rulemanes
los unía en conversaciones largas y medulosas, de horas y horas sobre los
tableros donde con portaminas escuadras y transportadores proyectaban en
dibujos y precisiones de geometrías que también les encantaban, o arrodillados
en los rincones de la fábrica donde se reparaban las maquinarias, tornos
trituradores y tornillos especiales para los trapiches, insistentemente los
mediodía de los sábados los esquivaban con las comidas porque los chicos con el
motivo de la vecindad tan pegada del otro lado de la tapia hacían sus programas
todo el tiempo juntos en las veredas o en las plazas cercanas de una calle en
un pueblo donde no había circulación de vehículos, y se entretenían y las
necesidades de gastronomías se atendían desde cada una de las casas de cada
familia, las madres porque ellos trabajaban en la fábrica por turnos y los
turnos de los sábados en zafras se terminaban a las trece y sábado después de
las comilonas las siestas eran sagradas como hasta las seis de la tarde cuando
comenzaban de nuevo las iniciativas que se deban como programas comunes de las
dos familias, inminentemente los sábados a las noches se resolvían en asados
pantagruélicos porque los jefes de familia aprovechaban para empanzarse de
maruchas y chorizos y morcillas y tomarse unos buenos vinos, porque los
domingos en zafras eran de francos largos con la excepción de las emergencias
para las que tenían a unos cuantos obreros leales que les resolvían los
problemas hasta que los ingenieros llegaran después y aunque estuvieran con
dolores de cabeza por la resaca, en esas conversaciones cuando quedaban solos
fantaseaban con sus mujeres dotadas de buenos culos de buenas caderas y tetas y
bromeaban sin que ellas lo supieran si la mujer de uno hubiera sido la del otro
y si la del otro hubiera sido la de uno, sanamente, lo aclaraban entre ellos
cuando alguno se pasaba en alguna de las consideraciones subidas de tono, como
para no desentonar con diferencias que quizás se remontaban a sus deseos,
ciertamente los domingos terminaban con alguna pasta para todos que se comía en
la casa contraria adonde se hubiera comido el asado anterior para empatar con
las obligaciones de lavar la vajilla y limpiar después de las comidas.
Marchaban bien esas uniones,
hasta la vez que salieron juntos a la ruta rumbo a las playas que en conjunto
eligieron para pasar sus vacaciones, marchaban bien esas camaraderías hasta la vez que tomaron la recta larga
del cuarteadero entre Guemes y San Pedro, que allá en algún punto después de remontar la pendiente como dos kilómetros, arriba como a trescientos
metros terminaba en una curva cerrada, donde un camión que circulaba en sentido
contrario armó un desparramo de vuelcos y derrapadas con sus autos cargados de
bártulos y de niños, que terminaron con un muerto en cada una de las familias,
una mujer y un varón de los mayores, todo destruido por el
destrozo, por los destrozos materiales y no materiales del accidente, distanciamientos que temieron, que no se dieron porque apenas resueltas las
convalecencias los sobrevivientes se juntaron y de dos hicieron una familia.
De golpe, el sueño de un juego de niños de ruego denuedo, eso de andar queriendo lo que tiene el otro por probar no más lo que está prohibido, para uno se convirtió en una profecía auto cumplida.

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