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Wednesday, February 05, 2014

Más rima turbaciones.


En los atardeceres lentos y largos de ese verano, los niños visitaban esos patios cercanos transformados en jardines con frutales rosas y claveles donde más que percibir las fragancias agradables de esa mezcla de citrus, higos y capullos de explosiones naturales resultantes de todos los brotes como los brotes de las niñas, corriendo con algunas dificultades en esos laberintos con senderos adornados con polvo de ladrillo molido y canteros con ladrillos pintados de blanco que eran parte de los mismos juegos, al final con las camisas y los pantalones mojados por la transpiración y otras cosas, encontraban los rincones y las penumbras, esas que son un intermedio entre el día y la noche, donde las primas comedidas y encendidas los esperaban, vestidas con soleras cortas y ajustadas, desbordadas de sus carnes relucientes, y les mostraban, eso, lo que no podían ver aunque nadie se los dijera claramente, lo que tenían prohibido ver lo que estaba vedado a sus miradas, eso de lo que los mayores hablaban con señas y códigos con ellos presentes, esos mismos brotes de las niñas ya no de la rosas o los claveles de los limoneros o de las limas, que después el cura Keiner en el catecismo los advertía diciendo que era pecado mortal, primero andar espiando lo que no se tiene que espiar, segundo andar espiando las partes íntimas de las mujeres si eran varoncitos, o las partes intimas de los varoncitos si eran doncellas, tercero y peor, andar tocando si las primas los dejaban que así lo querían, cuarto andar tocándose que de esto los niños no entendían mojados en sueños por líquidos o humedades que ni se percataban de dónde les venían, menos cuando el cura les hablaba de estas cosas después de los mates cocidos con tortillas de grasa que se servían en la parroquia para que todos aprendieran el evangelio con la panza llena, en los atardeceres lentos y largos de ese verano los niños visitaban esos patios cercanos transformados en pequeño luciferes buscando en esos íntimos pliegues que miraban extasiados a pocos metros entre las piernas de las primas atentas y calentones que disfrutaban con eso, dando vueltas buscando lo que no supieron qué buscaban igual que esas mozas más preparadas para entregar sus virginidades que para resguardarlas de lo que el cura decía eran las posesiones del mal, en los atardeceres lentos y largos de ese verano los niños visitaban esos patios cercanos transformados en otros niños que comenzaron a cambiar esos paseos por aquellos que antes daban por la plaza para jugar con sus amigos o hacer refunfuñar a los placeros que los corrían cuando ellos orinaban en los rincones del pedestal con escalones de Evita, antes que los patrones mandaran a sacarlo.


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