En los atardeceres lentos y
largos de ese verano, los niños visitaban esos patios cercanos transformados en
jardines con frutales rosas y claveles donde más que percibir las fragancias
agradables de esa mezcla de citrus, higos y capullos de explosiones naturales
resultantes de todos los brotes como los brotes de las niñas, corriendo con algunas
dificultades en esos laberintos con senderos adornados con polvo de ladrillo
molido y canteros con ladrillos pintados de blanco que eran parte de los mismos
juegos, al final con las camisas y los pantalones mojados por la transpiración
y otras cosas, encontraban los rincones y las penumbras, esas que son un
intermedio entre el día y la noche, donde las primas comedidas y encendidas los
esperaban, vestidas con soleras cortas y ajustadas, desbordadas de sus carnes
relucientes, y les mostraban, eso, lo que no podían ver aunque nadie se los
dijera claramente, lo que tenían prohibido ver lo que estaba vedado a sus
miradas, eso de lo que los mayores hablaban con señas y códigos con ellos
presentes, esos mismos brotes de las niñas ya no de la rosas o los claveles de
los limoneros o de las limas, que después el cura Keiner en el catecismo los
advertía diciendo que era pecado mortal, primero andar espiando lo que no se
tiene que espiar, segundo andar espiando las partes íntimas de las mujeres si
eran varoncitos, o las partes intimas de los varoncitos si eran doncellas,
tercero y peor, andar tocando si las primas los dejaban que así lo querían,
cuarto andar tocándose que de esto los niños no entendían mojados en sueños por
líquidos o humedades que ni se percataban de dónde les venían, menos cuando el
cura les hablaba de estas cosas después de los mates cocidos con tortillas de
grasa que se servían en la parroquia para que todos aprendieran el evangelio
con la panza llena, en los atardeceres lentos y largos de ese verano los niños
visitaban esos patios cercanos transformados en pequeño luciferes buscando en
esos íntimos pliegues que miraban extasiados a pocos metros entre las piernas
de las primas atentas y calentones que disfrutaban con eso, dando vueltas
buscando lo que no supieron qué buscaban igual que esas mozas más preparadas
para entregar sus virginidades que para resguardarlas de lo que el cura decía
eran las posesiones del mal, en los atardeceres lentos y largos de ese verano
los niños visitaban esos patios cercanos transformados en otros niños que
comenzaron a cambiar esos paseos por aquellos que antes daban por la plaza para
jugar con sus amigos o hacer refunfuñar a los placeros que los corrían cuando
ellos orinaban en los rincones del pedestal con escalones de Evita, antes que
los patrones mandaran a sacarlo.

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