La mayoría de los que vivían en
aquel pueblito y la mayoría de los que vivían en los lotes miserables y
adyacentes, esos mismos que salían todas las mañanas con el sol apenas
despuntando, en unos casos con toda la familia contadas las guaguas momificadas
y cargadas en rebozos de lino o de alpaca fijados en media docena de enaguas la
chuspa el picote de la falda y la faja, atados a las espaldas de sus madres las
coyitas, contadas las guaguas a cuesta derecho a los cañaverales donde todos ayudaban
con el cupo de la cosecha del día que servía para juntar el jornal para el
anchi, en otros casos todas las mañanas también después de las sirenas del
turno de las cinco, de las trece o de las veintiuno, solitarios esos sí para
entrar en las fábricas por los molinetes donde por azar unos tipos grandotes
los palpaban por las dudas, y comenzar sus producciones para ganarse el tanto
para el puchero, y en otros casos los de más arriba, los últimos casos, los
jefes el personal fuera de convenio los supervisores, sin los recordatorios de
los pitos de las escupidas del vapor contenido a presión en las largas
chimeneas o de los chacareros cabalgando por los surcos como urgencias,
caminaban pavoneando con sus blancas camisas de hilo fino almidonadas con
prolijidades que marcaban las diferencias entre las mujeres hacendosas de
ellos, con camisas como esas y pantalones de poplin en los veranos y las mismas
camisas y los mismos pantalones con calzoncillos largos abajo en los inviernos
y un pulóver por cierto que más que liviano, porque en las oficinas contaban
con aires acondicionados o ventiladores o en inviernos con calefacciones con
sistemas centrales o con estufas directamente, todos circularmente haciendo lo
mismo de andar abriendo la boca y hacer correr versiones como serpientes de
lenguas ponzoñosas vivían protestando en los sindicatos de obreros y empleados
denunciando mala praxis de los médicos del hospital de los empleados del
almacén grande donde compraban todo, convertidos en un grupo de puritanos
protestones con derechos representados por secretarios generales que se
sentaban de igual a igual con los dueños de la empresa, como si se tratara de
cuidadores de la profilaxis del pueblito.
La mayoría de los que vivían en
aquel pueblito se convirtieron después de un golpe militar y de estado, y de
ser protestones pasaron a ser soplones, mala praxis de parte de ellos.

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