En los tiempos en que anduvimos
con los índices pegados en los botones de los timbres de las casas de las dos o
tres manzanas que fuera nuestro mundo por entonces, un universo que a veces
ampliamos con programas a la loma o a la casa de piedra, en esos tiempos en que
anduvimos pegados en los botones de los timbres para salir corriendo en
bandadas de chicos como si fueran bandadas de loros asustados por los tiros del
calibre veintidós del Jorgín que fuera el más corajudo de nosotros, embromando
a propósito las siestas de los viejos y de las viejas renegonas que cuando nos
pillaban nos corrían para que por lo menos se nos pusiera el corazón en la boca
por unos minutos y nos dejáramos de joder con esas cosas y enfiláramos a la
pantalla cerca ya de los cañaverales que eran nuestros escondites de última, en
los tiempos en que anduvimos con los pulgares y los índices sujetando
sutilmente clavos grandes que apoyamos en las cubiertas de las ruedas de los
autos estacionados cosa que si salían para atrás o para adelante quedaran
pinchadas la cámaras, para que los dueños se quedaran varados y maldiciendo
hasta que cayeran los auxilios, para salir corriendo en bandadas de chicos como
si fueran bandadas de gallinas asustadas y entregadas con los gallos en los
gallineros apestados de hitas que todos teníamos en nuestras casas familiares,
embromando a propósito las tardes apacibles de los viejos y los viejas que
cuando nos pescaban por lo menos nos pegaban unos gritos amenazadores,
intimidándonos en que terminaríamos en tribunales de agentes panzones en
comisarías desiertas sin presos sin presupuestos o en tribunales familiares que
cada uno de nosotros conocía y que por lo menos determinaban las condenas más
letales que las de la misma policía, como las suspensiones de los permisos y
las dispensas, en esos tiempos no distinguimos maldades de bondades en esos
lances donde sí nos dimos cuenta que unos por esas barrabasadas se nos reían y
otros explotaban de las iras.

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