Las recomendaciones de la
odontóloga tenían un resultado inmediato en los pacientes que la seguían pero
esos mismos encargos caían en saco roto si se trataba de ella, eso que si las
oportunidades son pocas las esperanzas tienen que multiplicarse tirando siempre
las postas de curaciones posibles para corregir cuadros imposibles en los
dientes y en las muelas, sus dotes profesionales surtían efectos inmediatos a
los peregrinos aquejados de dolores de muelas confundidos con infecciones de
oídos medios o sangrados de encías que atendía por montones, en jornadas que
atravesaban todo el día porque defendía ante su marido que estaban en la época
de juntar para la casa propia el auto y todas las comodidades que vienen
solamente con el dinero, las recomendaciones de la bella dentista tenían un
resultado inmediato en los pacientes que día a día venían a verla unos con
desganos como los niños traídos por madres o tías autoritarias o abuelas
prepotentes otros con entusiasmos como los más veteranos ilusionados con
prótesis que les devolvieran las sensaciones dejadas atrás de masticar como
dios manda cualquier comida especialmente si es carne y es tierna, o las
sensaciones de reírse también como corresponde a geta abierta, pero esos mismos
encargos caían en saco roto si se trataba de ella cuando llegaba su paciente
elegido, un musculoso y rubio jugador de fútbol que además tenía la dentadura
con mínimos problemas, ahí en transmutaciones a las horas que fueran la doctora
se transformaba en mujer se transformaba en yegua se transformaba en una puta
cualquiera apenas terminado el trámite de dar instrucciones a la recepcionista
de no molestar y de asegurar discretamente la empuñadura de la puerta de
acceso, y allá el otro tendido como un mancebo en el sillón reclinatorio con la
lámpara de luz potente haciendo cálido ese ambiente limitado a un haz de luz
determinado, sobreactuando su oficio la hembra desabrochaba la cremallera todas
las veces que pudo y se metía y se sacaba de la boca esa cosa inflada que
acariciaba suavemente mientras se iba poniendo ella misma en posición para que
el otro también jugara con su manos, sus recomendaciones caían en saco roto
porque de esas fogosas sesiones era la parte que más disfrutaba y no
interrumpía ni siquiera si una llamada del marido en el celular de emergencias
salía al aire con la información que los niños quedaron en el colegio o con
alguna otra de las rutinas cotidianas, días pasaba con una mano atendiendo ese
celular maldito con ringtone sonando en hora inoportuna y con la otra
acariciando eso que con tanta efusividad buscaba en el otro y el otro concedía
perdido en sus limbos, en encuentros que terminaban en copulaciones
desesperadas y rápidas sobre camillas o sillones o escritorios, ahí recién la
odontóloga, condenada a esos placeres, volvía en su papel de disciplinada y
firme, a recomendar a sus pacientes que a la boca hay que cuidarla.

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