Cuando comenzaban los sermones
del cura Martínez los fieles con uso de razón comenzaban a rascarse las nucas y
los culos en clara señal que cualquiera fuera la línea del evangelio sí o sí
terminaban en extensas disquisiciones en las que no se salvaba ninguno del
pueblo salvo las excepciones de los patrones dueños del ingenio del que vivían
diariamente como cien mil almas, pecadores y no pecadores, aleccionaba el cura
Martínez y los fieles con uso de razón comenzaban a moverse incómodos en los
bancos largos de sus reclinatorios, en esas balaustradas donde cada domingo
caían para expiar los pecados que además eran ampliamente conocidos por los
mismos pecadores porque las oportunidades los convocaban a todos o a casi todos
en las dos misas de las mañanas, a los más viejos y a los niños temprano y a
los adultos en general a sus familias en las misas de las once que desbordaban
la parroquia y obligaban a poner unos alto parlantes inmensos en el atrio para que todos escucharan los borbotones de quejas improperios maldiciones que el cura largaba, de imprecaciones adornadas que salían de la
boca del sacerdote, infidelidades necedades codicias dejadeces todas juntas
como un manojo de pecados entraban en el resumen de veinte minutos cuando él
creía terminado el mensaje del evangelio, un manojo que indefectiblemente
quedaba reducido a las colectas raquíticas que es de suponer le informaban cada
domingo también, los monaguillos diligentes que lo ayudaban, siempre terminaba
esos largos sermones con al menos diez minutos de palabras de iracundia para estigmatizar
las mezquindades en limosnas además de las supercherías las del ahorro mal entendido de la avaricia en todas sus formas, que no alcanzaban según él ni para reponer las
velas que se utilizaban esos mismos domingos, cuando comenzaban los sermones
del cura Martínez los fieles con uso de razón comenzaban a rascarse las nucas y
los culos y los fieles sin uso de razón, que no acusaban recibos de las
críticas, la recibían también aunque no les llegaban porque distraídos estaban con travesuras.
El cura Martínez se pasaba con
esos sermones, como si los que fueran a rezar y a confesarse fueran todos sus
presos, presos de sus creencias, hasta que un día uno de los fieles, lejos de
la parroquia, lo pescó en una trampa, desde ahí el cura Martínez comenzó a
cuidarse de lo que decía en sus incendiarias amonestaciones.

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