El cura Martínez no mencionaba en
los sermones sus tildes en las clases de educación democrática que dictaba
entre las nueve y las once de la mañana los días martes y jueves,
indefectiblemente, no decía nada de las procesiones que le tienen que haber ido
por dentro con las mujeres que sumaban la mitad de ese curso de treinta alumnos
de la escuela normal de maestros, no se le filtraba nada en sus concienzudos
sermones cuando renegaba de las escaseces de las propinas, de cómo sudaba la
gota gorda y las abstinencias que seguramente se le diezmaban con erecciones
que tienen que haber disimulado las sotanas, con las cosas que las chicas le
mostraban a propósito para aflojarlo en pruebas y exposiciones orales, hasta
las fieras eran unas fieras las compañeras que se le sentaban en los bancos de
adelante y dejaban atrás y en los últimos a los varones, las uñas largas casi
ronroneaban lo acechaban lo tienen que haber mandado más de una vez a sus
propios infiernos esas atorrantes que alguna vez hasta llevaban manzanas para
insinuarse como Eva mientras él no les decía nada, tampoco en los sermones de
esas que parecían ardiendo debajo de las faldas que entonces fueron las
primeras minifaldas, que a propósito se ponían debajo de delantales igualmente
acortados si no por las mamás por ellas mismas recogidos con los mismos
cinturones de esos guardapolvos tableados, nadie lo supo muy bien pero eran
como una fieras en celo conocedoras que los machos aunque no las miraran con el
olfato nomás seguían en todos los horarios que en la escuela eran reducidos al
aula del año, a los tres patios del colegio, y a las veredas especialmente en
las salidas o en las entradas, al cura Martínez ni se le tiene que haber
ocurrido mencionar esas camisas cubriendo el torso igualmente, camisas blancas
desabotonadas a propósito o directamente sin los botones o con los botones
arrancados que les permitían mostrar apenas las primeras partecitas de esas
turgencias que parecían globos cerca de explotar en escotes agrandados, fieras
que dejaban sus rastros de celos en olores confundidos con los olores de
perfumes baratos o colonias lavandas de las que se alcanzaban a ponerse para
disimular un poco.
El cura Martínez no mencionaba en
los sermones nada, y en las clases mantuvo sus composturas en medio de esos
tifones que martes o jueves le pasaban por encima, cosas de majaderos decía a
veces rememorando sus raíces españolas.

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