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Tuesday, February 04, 2014

Juegos y fuegos.


El cura Martínez no mencionaba en los sermones sus tildes en las clases de educación democrática que dictaba entre las nueve y las once de la mañana los días martes y jueves, indefectiblemente, no decía nada de las procesiones que le tienen que haber ido por dentro con las mujeres que sumaban la mitad de ese curso de treinta alumnos de la escuela normal de maestros, no se le filtraba nada en sus concienzudos sermones cuando renegaba de las escaseces de las propinas, de cómo sudaba la gota gorda y las abstinencias que seguramente se le diezmaban con erecciones que tienen que haber disimulado las sotanas, con las cosas que las chicas le mostraban a propósito para aflojarlo en pruebas y exposiciones orales, hasta las fieras eran unas fieras las compañeras que se le sentaban en los bancos de adelante y dejaban atrás y en los últimos a los varones, las uñas largas casi ronroneaban lo acechaban lo tienen que haber mandado más de una vez a sus propios infiernos esas atorrantes que alguna vez hasta llevaban manzanas para insinuarse como Eva mientras él no les decía nada, tampoco en los sermones de esas que parecían ardiendo debajo de las faldas que entonces fueron las primeras minifaldas, que a propósito se ponían debajo de delantales igualmente acortados si no por las mamás por ellas mismas recogidos con los mismos cinturones de esos guardapolvos tableados, nadie lo supo muy bien pero eran como una fieras en celo conocedoras que los machos aunque no las miraran con el olfato nomás seguían en todos los horarios que en la escuela eran reducidos al aula del año, a los tres patios del colegio, y a las veredas especialmente en las salidas o en las entradas, al cura Martínez ni se le tiene que haber ocurrido mencionar esas camisas cubriendo el torso igualmente, camisas blancas desabotonadas a propósito o directamente sin los botones o con los botones arrancados que les permitían mostrar apenas las primeras partecitas de esas turgencias que parecían globos cerca de explotar en escotes agrandados, fieras que dejaban sus rastros de celos en olores confundidos con los olores de perfumes baratos o colonias lavandas de las que se alcanzaban a ponerse para disimular un poco.

El cura Martínez no mencionaba en los sermones nada, y en las clases mantuvo sus composturas en medio de esos tifones que martes o jueves le pasaban por encima, cosas de majaderos decía a veces rememorando sus raíces españolas.


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