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Saturday, February 08, 2014

Confesiones rima profesiones.


Fin de semana de por medio, austero en sus elecciones y de muy mal gusto, el cura Martínez reflotaba las pilchas de civil, colgaba la sotana por un par de días, y empezaba el tiroteo en el bajo, una zona de la ciudad que visitaba donde se juntaban las meretrices comedidas, en los inviernos alrededor de los braceros a cuenta de uno cada cinco puertas de los cuartuchos que alquilaban, y en los veranos con sus carnes libres y desparramadas en reposeras, que no solamente lo esperaban a él sino a la cantidad importante de todos los varones que como si fueran un enjambre de avispas enojadas, daban vueltas como eligiendo la mercadería, fin de semana de por medio, austero en sus elecciones y de muy mal gusto, el cura Martínez se calzaba su pantalón de poplin marrón oscuro una camisa de talle grande y una campera azul que en minutos le daban el aspecto de un parroquiano más de los tantos que iban y volvían de su iglesia, y salía emperifollado a pasarse unos días de jarana con los fondos que iba juntando con las limosnas que le dejaban, hacía tiempo ya que había conseguido la bendición del obispo, para distraer parte de esos fondos a necesidades personales le dijo el dignatario ajeno a los destinos inconfesables de esos billetes ajados pegados con cinta scotch y de docenas de nominaciones más manojos pesados de monedas mezcladas y también de distintos valores, y empezaba y terminaba entre sábado y domingo el tiroteo en el bajo con una carnosas mujeres que lo tenían como uno de sus mejores clientes.

Hasta el día que unos de los fieles lo descubrió uno que lo visitaba seguido en los confesionarios así que bien se conocían, en el mismo lugar de las trabajadores sexuales, lo que no pasó a mayores, ni el fiel dijo nada ni el cura se rectificó de nada, lo único es que desde ese día el peregrino se sentó en la primera fila, y el cura Martínez redujo los retos que daba en los sermones a todos los que tacaños medían sus propinas.

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