Fin de semana de por medio,
austero en sus elecciones y de muy mal gusto, el cura Martínez reflotaba las
pilchas de civil, colgaba la sotana por un par de días, y empezaba el tiroteo
en el bajo, una zona de la ciudad que visitaba donde se juntaban las meretrices
comedidas, en los inviernos alrededor de los braceros a cuenta de uno cada
cinco puertas de los cuartuchos que alquilaban, y en los veranos con sus carnes
libres y desparramadas en reposeras, que no solamente lo esperaban a él sino a
la cantidad importante de todos los varones que como si fueran un enjambre de
avispas enojadas, daban vueltas como eligiendo la mercadería, fin de semana de
por medio, austero en sus elecciones y de muy mal gusto, el cura Martínez se
calzaba su pantalón de poplin marrón oscuro una camisa de talle grande y una
campera azul que en minutos le daban el aspecto de un parroquiano más de los
tantos que iban y volvían de su iglesia, y salía emperifollado a pasarse unos
días de jarana con los fondos que iba juntando con las limosnas que le dejaban,
hacía tiempo ya que había conseguido la bendición del obispo, para distraer
parte de esos fondos a necesidades personales le dijo el dignatario ajeno a los
destinos inconfesables de esos billetes ajados pegados con cinta scotch y de
docenas de nominaciones más manojos pesados de monedas mezcladas y también de
distintos valores, y empezaba y terminaba entre sábado y domingo el tiroteo en
el bajo con una carnosas mujeres que lo tenían como uno de sus mejores
clientes.
Hasta el día que unos de los
fieles lo descubrió uno que lo visitaba seguido en los confesionarios así que
bien se conocían, en el mismo lugar de las trabajadores sexuales, lo que no
pasó a mayores, ni el fiel dijo nada ni el cura se rectificó de nada, lo único
es que desde ese día el peregrino se sentó en la primera fila, y el cura
Martínez redujo los retos que daba en los sermones a todos los que tacaños
medían sus propinas.

No comments:
Post a Comment