La maldita, y querida luz blanca, encendida al mismo tiempo con la
bola de cristales en el centro de la pista que daba los efectos de giros, la
maldita y querida luz blanca deschavando un millón de pelusas en pulóveres o
remeras, en pantalones Oxford de pana o de corderoy, o lo que es peor aún la
maldita luz blanca poniendo al descubierto los vestigios de caspa diseminados
al infinito sobre los hombros, la maldita luz blanca alumbrando dentaduras
blancas también dando el efecto tren fantasma en esas especies de esqueletos
bailando, haciendo brillar lo que es mejor aún debajo de los pantalones de
hilos muy finos debajo de las blusas de gasas transparentes de sedas
traslúcidas las bombachas minúsculas y los corpiño de las niñas descuidadas, entonces
no hubo nada escrito pero la frontera de separación era una línea mal dibujada
en torno de los veinte años, antes de eso la sumisión la subordinación a las
reglas de juego que en esos ambientes nunca fueron claras, el más débil
humillado ante el más fuerte, el más imberbe callando y aprendiendo del experto
en noches sicodélicas haciéndoles los mandados yendo y viniendo con los tragos
largos y las cervezas, los chicos atendiendo a los grandes, después de eso, la
entronización en esos estrados donde todo se hace más fácil donde la
subordinación es de los otros de los novatos que entran al ruedo, las
autonomías la acción sin proscripciones, eso de hacer lo que se le cante al
tuje, los grandes atendidos por los chicos, todas las veces los grandes nos
hicieron lo mismo en las milongas de comodín se chamuyaban las más lindas que
fascinadas, grandes y chicas, se encolumnaban se alineaban, eso era lo que más
bronca nos daba, de a docenas de amigas entregadas calentonas y predispuestas,
abandonándonos, dejándonos al costado en esos tráficos de franelas, de fumatas,
de chupe a discreción, que comenzaron inexorablemente los viernes a las noches,
llegaron a su cenit los sábados gloriosos y repetidos, y terminaron los
domingos antes de las doce de la noche con los presentes apremiados por las
lujurias cálidas o gélidas de las jaranas y las obligaciones laborales de ese
lunes también repetido y también funesto, todas las veces los grandes nos
hicieron lo mismo en las milongas de comodín se chamuyaban las más lindas que
hipnotizadas, grandes y chicas, se acomodaban a las apretadas en las bandas de
música lenta que ellos mismos presionaban que se hagan, coimas en vaquitas de
billetes arrugados para darle propina al disc jockey de turno, todas las veces
nos hicieron lo mismo trajinándonos con mandados y encargos todas las veces nos
hicieron lo mismo humillándonos bajándonos las estimas, todas las veces hasta
que cumplimos los veinte.

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