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Monday, February 24, 2014

Chicos y grandes.



La maldita, y querida  luz blanca, encendida al mismo tiempo con la bola de cristales en el centro de la pista que daba los efectos de giros, la maldita y querida luz blanca deschavando un millón de pelusas en pulóveres o remeras, en pantalones Oxford de pana o de corderoy, o lo que es peor aún la maldita luz blanca poniendo al descubierto los vestigios de caspa diseminados al infinito sobre los hombros, la maldita luz blanca alumbrando dentaduras blancas también dando el efecto tren fantasma en esas especies de esqueletos bailando, haciendo brillar lo que es mejor aún debajo de los pantalones de hilos muy finos debajo de las blusas de gasas transparentes de sedas traslúcidas las bombachas minúsculas y los corpiño de las niñas descuidadas, entonces no hubo nada escrito pero la frontera de separación era una línea mal dibujada en torno de los veinte años, antes de eso la sumisión la subordinación a las reglas de juego que en esos ambientes nunca fueron claras, el más débil humillado ante el más fuerte, el más imberbe callando y aprendiendo del experto en noches sicodélicas haciéndoles los mandados yendo y viniendo con los tragos largos y las cervezas, los chicos atendiendo a los grandes, después de eso, la entronización en esos estrados donde todo se hace más fácil donde la subordinación es de los otros de los novatos que entran al ruedo, las autonomías la acción sin proscripciones, eso de hacer lo que se le cante al tuje, los grandes atendidos por los chicos, todas las veces los grandes nos hicieron lo mismo en las milongas de comodín se chamuyaban las más lindas que fascinadas, grandes y chicas, se encolumnaban se alineaban, eso era lo que más bronca nos daba, de a docenas de amigas entregadas calentonas y predispuestas, abandonándonos, dejándonos al costado en esos tráficos de franelas, de fumatas, de chupe a discreción, que comenzaron inexorablemente los viernes a las noches, llegaron a su cenit los sábados gloriosos y repetidos, y terminaron los domingos antes de las doce de la noche con los presentes apremiados por las lujurias cálidas o gélidas de las jaranas y las obligaciones laborales de ese lunes también repetido y también funesto, todas las veces los grandes nos hicieron lo mismo en las milongas de comodín se chamuyaban las más lindas que hipnotizadas, grandes y chicas, se acomodaban a las apretadas en las bandas de música lenta que ellos mismos presionaban que se hagan, coimas en vaquitas de billetes arrugados para darle propina al disc jockey de turno, todas las veces nos hicieron lo mismo trajinándonos con mandados y encargos todas las veces nos hicieron lo mismo humillándonos bajándonos las estimas, todas las veces hasta que cumplimos los veinte.


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