Muchas veces salimos o entramos corriendo
del embudo convencidos de tener a Gume detrás nuestro pisándonos los talones, a
esa criatura brusca detrás de nosotros que veíamos de lejos de vez en cuando
los días que pasamos por la puerta del conventillo donde vivía, recluido allá
lejos al final de un largo pasillo angosto, impregnado de olores pestilentes
por las aguas servidas, sentado en un cajón destartalado de vino o de cervezas,
fija su mirada hacia adelante, con su joroba que parecía del tamaño de la
cabeza y una cara que no veíamos muy bien por la distancia y por las quiscas
que negras como espinas que era su pelo tapaban gran parte de su cara, las
manos grandes, deformadas y cruzadas sobre sus piernas también hinchadas, por
eso más que al él que veíamos en esas oportunidades, corríamos con el corazón
en la boca porque temíamos que nos pasara lo que se decía que pasaba con él cuando
agarrara a alguno e hiciera lo que no supimos muy bien que haría, porque en
realidad las historias de él nos llegaban de las bocas de nuestros progenitores,
de encocorotadas, y furiosos, después que los hacíamos transpirar la gota gorda
con algunas de las cosas que se nos ocurrían, entonces nos llovían las amenazas,
con él, que aparecía en medio de maldiciones y discursos sobre ir al propio
infierno o estar condenado a la ira de Satanás y de otros demonios, muchas
veces salimos o entramos corriendo del embudo convencidos de tener a Gume
detrás nuestro pisándonos los talones más en las mañanas temprano cuando
cruzamos para ir a la escuela o en los atardeceres con tiempos libres de andar
en la calle hasta tarde, le teníamos miedo, aunque nunca llegamos saber. si era
un pan de Dios o un Damián reencarnado, miedo a que nos alcanzara y nos tomara
desprevenidos por el hombre desde atrás, y la valentía que nos imaginamos que
teníamos cuando jugábamos poniéndonos en los papeles de los héroes de las
revistas que leíamos se borraba de un santiamén y el desasosiego nos invadía, por
eso corríamos al grito del primero que advertía su proximidad más en broma que
en serio, esa es la verdad, aunque más pavura que a él sentíamos pavor por lo
que decían los iracundos de nuestros precursores lo que nos haría, hasta el día
que nos dimos cuenta que ellos, más que molestarse con nosotros, se molestaban
con los momentos cuando se nos ocurría volver a casa, sin avisos previos,
apariciones repentinas nuestras en momentos que ellos aprovechaban para hacer
lo que a nosotros nos dijeron eran porquerías.

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