Clementes fuimos o tenemos que
haber sido, aunque otras veces inclementes allá en el cine teatro en las guaridas
que tuvimos en la loma cuando jugamos a las escondidas en el embudo cuando
fuimos caminando a Prediliana, con nosotros entre los otros, sin que supiéramos
decirlo, nos encantó despistar a los que creímos que nos sondearon con eso que
hay que portarse bien para tener un premio y si hay mal comportamiento no hay ni
chances ni premios, atentos aunque con él, todos coincidimos en chuparle las
medias sin saber muy bien lo que eso significaba, nos hicimos los serviciales con
él que era el dueño de esa escopeta tan importante para nosotros aunque fuera
un aire comprimido calibre veintidós como él nos decía, nos hicimos los
sensibles porque la verdad es que cada una de esas veces más hicimos de
interesados que de inocentes ayudantes de él que fuera el héroe del grupo,
chupándole las medias, y repetimos lo que escuchamos de los mayores después que
maldecían a otros por las obligaciones, por la falta de dinero para el
vacaciones, por nosotros por el entorno maldecían de las mismas maldiciones los
mayores hablando mal de otros y nosotros los maldecíamos por lo bajo a ellos
porque nos saturaban y nos asustaban sus gritos, sus escasas tolerancias el
tufo del vino tinto saturando sus gargantas saturadas también de humo y de
tabaco, los castigos y las penitencias y todas las represalias que de ellos
procedían cuando nos tuvieron que marcar las diferencias, cuando tuvieron que
hablar mal de sus compañeros de trabajo para después retractarse o mostrar la
otra cara en la emergencias de verlos apenas después de maldecirlos, en
especial de aquellos que ellos decían hacían todo lo que en patrón decía como
si fueran sirvientes, todos coincidimos en ser condescendientes con él para que
al menos nos diera la oportunidad de cargar con ese rifle con el cual nos
sentimos uno de los buenos o malos del John Wayne del río bravo o del John
Wayne de la diligencia donde los malos terminaban muriendo todos y los buenos
conseguían lo que se proponías, donde los buenos salían adelante y los malos
quedaban en el camino, esas películas que vimos en repetidos matinés donde
fuimos, una y otra vez, no solamente por Wayne, sino para hacernos los pícaros
y palpitar con el ritmo del corazón que se nos ponía en la boca con las miradas
de las niñas que parecían más distraídas que nosotros pero que a veces se
mostraban también interesadas en desviar sus miradas, a nosotros que soñamos
ser como esos seres lejanos allá inmensos en la pantalla cuando se plegaban las
cortinas inmensas de terciopelo rojo vino, todos coincidimos en ser jenuflexos
para que él no permitiera cargar por un segundo ese rifle cuando fuimos tantas
otras tardes a la isla, cruzando cañaverales como se cruzaba en las selva o
como si fuera el desierto como si fuéramos Lawrence de Arabia, caminando por
los surcos sin despegarnos del grupo hasta llegar a ese monte de eucaliptos
donde solamente él disparaba a los loros más para espantarlos que para
matarlos, todos le dijimos todas las veces que pudimos, si quería que nos diera
el rifle para tenerlo mientras él descansara se fumara un cigarrillo de esos
que alguno llevaba envuelto en un pañuelo guillados a madres distraídas, cuando
en realidad lo que quisimos era cargarlo, para disimular apuntando a blancos
invisibles para creer que tiramos con la puntería de John Wayne en cualquiera
de esas docenas de películas que después contamos por la mitad porque
trajinamos por los pasillos todos, todo el tiempo tratando de entender si entre las
sombras ellas se fijaban en nosotros como nosotros no fijamos en ellas, así
como hacían en la películas, de buenos que se quedaban con las minas más lindas
y de villanos que terminaban solos y mamados o muertos.

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