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Sunday, February 16, 2014

Buenos rima malos.


Clementes fuimos o tenemos que haber sido, aunque otras veces inclementes allá en el cine teatro en las guaridas que tuvimos en la loma cuando jugamos a las escondidas en el embudo cuando fuimos caminando a Prediliana, con nosotros entre los otros, sin que supiéramos decirlo, nos encantó despistar a los que creímos que nos sondearon con eso que hay que portarse bien para tener un premio y si hay mal comportamiento no hay ni chances ni premios, atentos aunque con él, todos coincidimos en chuparle las medias sin saber muy bien lo que eso significaba, nos hicimos los serviciales con él que era el dueño de esa escopeta tan importante para nosotros aunque fuera un aire comprimido calibre veintidós como él nos decía, nos hicimos los sensibles porque la verdad es que cada una de esas veces más hicimos de interesados que de inocentes ayudantes de él que fuera el héroe del grupo, chupándole las medias, y repetimos lo que escuchamos de los mayores después que maldecían a otros por las obligaciones, por la falta de dinero para el vacaciones, por nosotros por el entorno maldecían de las mismas maldiciones los mayores hablando mal de otros y nosotros los maldecíamos por lo bajo a ellos porque nos saturaban y nos asustaban sus gritos, sus escasas tolerancias el tufo del vino tinto saturando sus gargantas saturadas también de humo y de tabaco, los castigos y las penitencias y todas las represalias que de ellos procedían cuando nos tuvieron que marcar las diferencias, cuando tuvieron que hablar mal de sus compañeros de trabajo para después retractarse o mostrar la otra cara en la emergencias de verlos apenas después de maldecirlos, en especial de aquellos que ellos decían hacían todo lo que en patrón decía como si fueran sirvientes, todos coincidimos en ser condescendientes con él para que al menos nos diera la oportunidad de cargar con ese rifle con el cual nos sentimos uno de los buenos o malos del John Wayne del río bravo o del John Wayne de la diligencia donde los malos terminaban muriendo todos y los buenos conseguían lo que se proponías, donde los buenos salían adelante y los malos quedaban en el camino, esas películas que vimos en repetidos matinés donde fuimos, una y otra vez, no solamente por Wayne, sino para hacernos los pícaros y palpitar con el ritmo del corazón que se nos ponía en la boca con las miradas de las niñas que parecían más distraídas que nosotros pero que a veces se mostraban también interesadas en desviar sus miradas, a nosotros que soñamos ser como esos seres lejanos allá inmensos en la pantalla cuando se plegaban las cortinas inmensas de terciopelo rojo vino, todos coincidimos en ser jenuflexos para que él no permitiera cargar por un segundo ese rifle cuando fuimos tantas otras tardes a la isla, cruzando cañaverales como se cruzaba en las selva o como si fuera el desierto como si fuéramos Lawrence de Arabia, caminando por los surcos sin despegarnos del grupo hasta llegar a ese monte de eucaliptos donde solamente él disparaba a los loros más para espantarlos que para matarlos, todos le dijimos todas las veces que pudimos, si quería que nos diera el rifle para tenerlo mientras él descansara se fumara un cigarrillo de esos que alguno llevaba envuelto en un pañuelo guillados a madres distraídas, cuando en realidad lo que quisimos era cargarlo, para disimular apuntando a blancos invisibles para creer que tiramos con la puntería de John Wayne en cualquiera de esas docenas de películas que después contamos por la mitad porque trajinamos por los pasillos todos, todo  el tiempo tratando de entender si entre las sombras ellas se fijaban en nosotros como nosotros no fijamos en ellas, así como hacían en la películas, de buenos que se quedaban con las minas más lindas y de villanos que terminaban solos y mamados o muertos.





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