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Wednesday, February 19, 2014

Andando rima remando.



Unos Oxford en tela de vaquero par de remeras colorinche y zapatos con plataforma, estuvimos empilchados a tono con lo que nos propusimos hacer, entusiasmados comenzamos, con nuestra primera experiencia fuerte, sin mayores que nos marcaran las canchas, decidiendo por nuestra cuenta sobre nuestros accidentes y nuestros venturosos destinos, con el tres ce ve era cuestión de llenar el tanque con nafta y mirar la varilla del aceite, no descuidar la aguja de temperatura en el tablero ovalado y calibrar en veinticinco las cuatro ruedas y la rueda de auxilio, creímos con Fernando cuando partimos con el rumbo desconocido del chaco, allá nos largamos una tarde calurosa del verano del setenta y dos, como dos gigoló recién bañados perfumados y facheros a la altura de la belleza de las damas que veríamos en el destino, con el tres ce ve era cuestión de ponerlo a una velocidad de crucero de cien kilómetros por hora en la ruta treinta y cuatro y subir el cuarteadero en segunda y a cuarenta, una pendiente pronunciada como de dos kilómetros con una curva en altura y peligrosa al final, donde no solamente la rana donde viajamos parecía quejarse desde el corazón de su motor de unas seiscientas cilindradas y más de treinta y cinco caballos de fuerza, sino también y en especial, los motores de los camiones que cruzamos a paso de hombre con unos conductores enjutos y circunspectos que era mejor ni mirarlos para no sacarlos más del quicio en el que iban, que se notaba, potenciaban los torino y los chevy, muy pocos, que a ellos y a nosotros nos pasaban como postes, ni pensar de tocarles bocina como cargándolos, ni hablar, porque era una marcha tan lenta que los tipos fortachones no tenían ningún problema en parar y ahí nomás agarrarse en peleas como para entretenerse, sacarse el tedio, y olvidarse que unos metros después de la curva tenían una balanza de vialidad nacional que casi en el total de los casos les significaban discusiones con los empleados por sobrepeso y lo que era más común, por las coimas para las cuales si bien iban con las billeteras preparadas, los presupuestos variaban con las fronteras entre provincias donde policías panzones y coimeros cambiaban a valores más rápido que la inflación, con el tres ce ve era cuestión de parar en unas cuantas de las estaciones de servicio que pasáramos, para sacar pacientemente con un trapo rejilla los bichos de todo tipo incrustados en el parabrisas, cumplir las secuencia de la nafta el aceite y el agua calibrar en veinticinco y seguir, creímos con Fernando cuando fuimos pasando las horas con el rumbo desconocido del chaco, allá se nos hizo la noche en el desierto de la ruta dieciséis y el tres ce ve hizo pof pof como que se empacó el motor no anduvo más y se quedó en medio del camino, ahí dejamos de creer con mi amigo en lo placentero del viaje, y comenzamos a empujar el autito hasta monte quemado, como a tres kilómetros, donde capotaron todos los méritos de ese auto resistente, ahí dormimos una noche a la intemperie gracias a que unos paisanos que nos acomodaron una cama destartalada donde tuvimos que acomodarnos debajo de una higuera, y pudimos relajarnos un poco ya que incómodos con frío por el sereno de la noche nos pasamos con los ojos abiertos como un par de lechuzas que desde lo más alto de ese árbol contemplaban la nada, al otro día un mecánico nos cambió un par de bujías y continuamos ese viaje, ahora roñosos desalentados y desaliñados, los oxford las remeras colorinche arrugadas y las plataformas que cambiamos por alpargatas, todavía teníamos como setecientos kilómetros de páramos, para llegar a ver a las princesas de Nora y de Sonia, al amor además de andarlo hay que andar remándolo.


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