Unos Oxford en tela de vaquero
par de remeras colorinche y zapatos con plataforma, estuvimos empilchados a
tono con lo que nos propusimos hacer, entusiasmados comenzamos, con nuestra
primera experiencia fuerte, sin mayores que nos marcaran las canchas,
decidiendo por nuestra cuenta sobre nuestros accidentes y nuestros venturosos
destinos, con el tres ce ve era cuestión de llenar el tanque con nafta y mirar
la varilla del aceite, no descuidar la aguja de temperatura en el tablero
ovalado y calibrar en veinticinco las cuatro ruedas y la rueda de auxilio,
creímos con Fernando cuando partimos con el rumbo desconocido del chaco, allá
nos largamos una tarde calurosa del verano del setenta y dos, como dos gigoló
recién bañados perfumados y facheros a la altura de la belleza de las damas que
veríamos en el destino, con el tres ce ve era cuestión de ponerlo a una
velocidad de crucero de cien kilómetros por hora en la ruta treinta y cuatro y
subir el cuarteadero en segunda y a cuarenta, una pendiente pronunciada como de
dos kilómetros con una curva en altura y peligrosa al final, donde no solamente
la rana donde viajamos parecía quejarse desde el corazón de su motor de unas
seiscientas cilindradas y más de treinta y cinco caballos de fuerza, sino
también y en especial, los motores de los camiones que cruzamos a paso de
hombre con unos conductores enjutos y circunspectos que era mejor ni mirarlos
para no sacarlos más del quicio en el que iban, que se notaba, potenciaban los
torino y los chevy, muy pocos, que a ellos y a nosotros nos pasaban como
postes, ni pensar de tocarles bocina como cargándolos, ni hablar, porque era
una marcha tan lenta que los tipos fortachones no tenían ningún problema en
parar y ahí nomás agarrarse en peleas como para entretenerse, sacarse el tedio,
y olvidarse que unos metros después de la curva tenían una balanza de vialidad
nacional que casi en el total de los casos les significaban discusiones con los
empleados por sobrepeso y lo que era más común, por las coimas para las cuales
si bien iban con las billeteras preparadas, los presupuestos variaban con las
fronteras entre provincias donde policías panzones y coimeros cambiaban a
valores más rápido que la inflación, con el tres ce ve era cuestión de parar en
unas cuantas de las estaciones de servicio que pasáramos, para sacar
pacientemente con un trapo rejilla los bichos de todo tipo incrustados en el
parabrisas, cumplir las secuencia de la nafta el aceite y el agua calibrar en
veinticinco y seguir, creímos con Fernando cuando fuimos pasando las horas con
el rumbo desconocido del chaco, allá se nos hizo la noche en el desierto de la
ruta dieciséis y el tres ce ve hizo pof pof como que se empacó el motor no
anduvo más y se quedó en medio del camino, ahí dejamos de creer con mi amigo en
lo placentero del viaje, y comenzamos a empujar el autito hasta monte quemado,
como a tres kilómetros, donde capotaron todos los méritos de ese auto
resistente, ahí dormimos una noche a la intemperie gracias a que unos paisanos
que nos acomodaron una cama destartalada donde tuvimos que acomodarnos debajo
de una higuera, y pudimos relajarnos un poco ya que incómodos con frío por el sereno
de la noche nos pasamos con los ojos abiertos como un par de lechuzas que desde
lo más alto de ese árbol contemplaban la nada, al otro día un mecánico nos
cambió un par de bujías y continuamos ese viaje, ahora roñosos desalentados y
desaliñados, los oxford las remeras colorinche arrugadas y las plataformas que
cambiamos por alpargatas, todavía teníamos como setecientos kilómetros de
páramos, para llegar a ver a las princesas de Nora y de Sonia, al amor además
de andarlo hay que andar remándolo.

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