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Friday, January 31, 2014

Mareos rima jadeos.


Un largo y ancho silencio la rodeaba acostada sin quererlo, se sintió mareada y sin hipo, la parte superior de su cuerpo sobre la banquina la parte inferior sobre la calzada, desde allí y apenas fue mirando desde abajo y hacia arriba lo que pudo ver en el paisaje de la noche cerrada, como si estuviera en un túnel oscuro, al frente y a unos metros estaba lo que quedó del auto, un manojo de hierros retorcidos apenas alumbrados por uno de los faroles que quedó intacto y encendido con un haz de luz que más que recto atravesaba el pavimento, y a los costados, las sombras de un par de torsos y manos inclinados hacia el piso le marcaban la ausencia de vida en la cabina, por los demás flancos, un desparramo de otros cuatro cuerpos tirados como ella sobre el pavimento, inertes, inalterables, coronados por el sonido que daba un cascarudo solitario, le indicaban que si no muertos estaban cerca de serlo, nada de movimientos cero resonancias, muertos o casi muertos como ella misma que se sentía desvanecer por una puntada que, intermitente, le subía y le bajaba de los pies a la cabeza, como de golpe le volvieron en cadenas de cintas las secuencias, el auto de frente, las frenadas, el impacto, los gritos de dolor de sus amigos, y lloró, porque borracha, con la misma tranca convertida de golpe en lucidez en un instante, venía de manoseos en el maletón en la última parte del coche, porque un rato antes más que mareada jadeaba caliente en el boliche, lloró porque no encontraba de una en ese horizonte reducido, justo el amigo que más le interesó buscar desde el lugar en el que estaba, acalambrada, antes que la auxiliaran.



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