Un largo y ancho silencio la
rodeaba acostada sin quererlo, se sintió mareada y sin hipo, la parte superior
de su cuerpo sobre la banquina la parte inferior sobre la calzada, desde allí y
apenas fue mirando desde abajo y hacia arriba lo que pudo ver en el paisaje de
la noche cerrada, como si estuviera en un túnel oscuro, al frente y a unos
metros estaba lo que quedó del auto, un manojo de hierros retorcidos apenas
alumbrados por uno de los faroles que quedó intacto y encendido con un haz de
luz que más que recto atravesaba el pavimento, y a los costados, las sombras de un par
de torsos y manos inclinados hacia el piso le marcaban la ausencia de vida en
la cabina, por los demás flancos, un desparramo de otros cuatro cuerpos tirados
como ella sobre el pavimento, inertes, inalterables, coronados por el sonido
que daba un cascarudo solitario, le indicaban que si no muertos estaban cerca
de serlo, nada de movimientos cero resonancias, muertos o casi muertos como
ella misma que se sentía desvanecer por una puntada que, intermitente, le subía
y le bajaba de los pies a la cabeza, como de golpe le volvieron en cadenas de cintas las secuencias,
el auto de frente, las frenadas, el impacto, los gritos de dolor de sus amigos,
y lloró, porque borracha, con la misma tranca convertida de golpe en lucidez en
un instante, venía de manoseos en el maletón en la última parte del coche, porque
un rato antes más que mareada jadeaba caliente en el boliche, lloró porque no encontraba de una en ese horizonte reducido, justo el amigo que más le interesó buscar
desde el lugar en el que estaba, acalambrada, antes que la auxiliaran.

No comments:
Post a Comment