Mi abuela Isabel lidiaba todo el
santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura,
y por esos días también conmigo, supongo que por eso y como comencé como a
entender lo que era amar le devolví lo que me daba más con ganas que con plata y
lo hice a mis maneras con devoción y desprendimientos del presupuesto propio
que también como parte del de ella provenía del bolsillo de mis padres, aprovisionándole
de golosinas que además le hacían mal pero que ella golosa consumía con ganas diciendo,
que más podré vivir o qué tengo que perder, como si fuera un mercado negro yo
le llevaba fuera de los circuitos de vigilancia familiares, los apaños y ella
no los blanqueaba con los parientes cercanos que le controlaban los consumos, y
el consumo de otras cosas que le gustaban que por lo que se veía había decidido
darse los gustos aunque eso le significara un disgusto que sería más de los
otros que de ella misma, al final todos nos morimos de una cosa o de la otra
decía, y así anduvimos hasta el mismo día en que a ella le tocó lidiar y liar
con su muerte, por lo que contaron después trajinó poco, un paro cardíaco la
sacó rápido y limpia de este escenario, justamente con su muerte que no
recuerdo exactamente cuando fue pero tiene que haber sido algún día de
diciembre del setenta y cuatro, porque mi padre me encontró, como a medianoche
en la boite del pueblo donde estaba lejos de la ciudad donde mi abuela Isabel
vivía, me acuerdo porque fue la misma noche que dijeron que el apagón grande de
las luces en el pueblo y en los suburbios era porque los milicos andaban
buscando zurdos, que duró como cuatro o cinco horas, y que no afecto a unas
pocas zonas ni al boliche ni a otros boliches o bodegones donde como sábado que
era se divertía la gente, y me tiró la noticia como al oído por el barullo que
como yo esperaba me significaron ahí una aceleración de los latidos de mi
corazón, en la oportunidad del otro día al mediodía, con unos cuantos sollozos
broncas contenidas pensando que podría haber estado cerca de ella, tomé
conciencia de la muerte que hasta por ahí tenía una idea en el insondable mundo
de la inconciencia, de eso que es estar y dejar de estar de un momento a otro,
que no había podido entender muy bien tal vez por la infancia no por el golpe
que todavía recuerdo, unos años antes cuando otro niño amigo de la misma edad,
se descerrajó un tiro entre las cejas jugando con un revólver que el padre
escondía en la mesa de luz del dormitorio que era parte del itinerario de juego
del niño, no estuve en la escena pero nunca volví a ver a ese niño que entonces
era mi amigo
Su vida fue larga y buena, al
menos no se quejaba, aunque lidió y lió con todas esas cosas mas las otras
cuando no estuve, y si hubiera caído en escribirle un epitafio, y hubiera
puesto esto de lidiar y de liar que al final lo hacemos todos, ella lidió aquel
día con su propia muerte, y yo no terminé de liar con la mía.

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