Mi abuela Isabel lidiaba todo el
santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura, y
por esos días también conmigo, una obligación más de todas las obligaciones
domésticas en medio de esos remolinos de lidias y de lías que le tocaban como
cabeza visible de la casona, por lo menos en los días que nuestras vidas
coincidieron, una cuenta más de todas sus cuentas repetidas que cumplía
inexorablemente día tras día desde la madrugada hasta bien entrada la
medianoche, con muy pocos intervalos en los que aprovechaba para sentarse en
una desvencijada mecedora que de tan desgastada se movía como en tres
posiciones, a escuchar unas novelas por la radio o ver alguno de los programas
de la televisión que por esos años reflejaban unas imágenes distantes y borrosas
que obligaban a tener más imaginación que buena vista, cuando llegué, hijo
consentido nieto holgado se le habrá pasado por la cabeza a la vieja al mes no
más de recibirme como huésped de pensión completa, más de un sobresalto le
habrá significado mi llegada, más de un cambio en sus usanzas practicadas
seguro que por años y con la boca cerrada, tan cerrada que nunca la salía ni
siquiera un comentario y nunca le escuché una palabra fuera de lugar ni un
desplante ni nada, y motivos le habrán sobrado porque para empezar supongo que
mis padres, pasando por una época de prosperidad le habrán llenado la cabeza de
instrucciones para que me facilitara el tiempo necesario para estudiar ya que
entraba a la universidad, y le habrán llenado los bolsillos de pesos ley la
nueva moneda que entonces reemplazó a la vieja moneda nacional, de billetes
nuevos que habrá tenido que utilizar con dificultad para aumentar sus compras
de todos los días y algunos gustos menores que se daba y que aparecieron con
ese presupuesto aumentado como comprarse las golosinas que se notaba que le
gustaban, muda como siempre, aunque como si hubiera hecho una excepción conmigo
en alguna siesta que me senté a su lado para acompañarla con unos mates me
contó que muy pequeña como en mil ochocientos noventa y cinco había embarcado
en un puerto de Mediterráneo de su Almería natal, con sus padres escapando de
las pestes y de las guerras, con todas estas cosas se ponía dicharachera y se
le encendían las mejillas derramando unas lágrimas, pero se notaba que había
partes de eso que no recordaba nada o no quería recordarlo directamente, habrá
liado conmigo supongo porque mi llegada y todos sus menesteres, le significaron
a ella varios cambios más en sus rutinas de las que significaron un plato más
en las mesas de las comidas de todos los días, en su casa antigua precaria
humilde, donde tuvo que acondicionar el mejor cuarto donde ella estaba para
dármelo, probablemente como consecuencia de las presiones que tiene que haber hecho
mi madre su hija para que yo extrañara lo menos posible las comodidades de mi
casa.
No sé muy bien si llegué a amarla
como supongo que por ella aprendí a amar a otros, si así se pueden llamar a las
devociones y a los desprendimientos que me salen con aquellos que creo que son
los que yo amo, lo que sí sé es que probablemente con ella percibí que un
fuerte amor procede de los fervores y los derroches de quienes tenemos cerca, más
de esos arranques que sin distinguir muy bien sus diferencias son distintos a los entusiasmamos y al despilfarro que aparecen
con la plata, que va y que viene.

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