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Wednesday, January 22, 2014

Lidias rima lías.


Mi abuela Isabel lidiaba todo el santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura, y por esos días también conmigo, una obligación más de todas las obligaciones domésticas en medio de esos remolinos de lidias y de lías que le tocaban como cabeza visible de la casona, por lo menos en los días que nuestras vidas coincidieron, una cuenta más de todas sus cuentas repetidas que cumplía inexorablemente día tras día desde la madrugada hasta bien entrada la medianoche, con muy pocos intervalos en los que aprovechaba para sentarse en una desvencijada mecedora que de tan desgastada se movía como en tres posiciones, a escuchar unas novelas por la radio o ver alguno de los programas de la televisión que por esos años reflejaban unas imágenes distantes y borrosas que obligaban a tener más imaginación que buena vista, cuando llegué, hijo consentido nieto holgado se le habrá pasado por la cabeza a la vieja al mes no más de recibirme como huésped de pensión completa, más de un sobresalto le habrá significado mi llegada, más de un cambio en sus usanzas practicadas seguro que por años y con la boca cerrada, tan cerrada que nunca la salía ni siquiera un comentario y nunca le escuché una palabra fuera de lugar ni un desplante ni nada, y motivos le habrán sobrado porque para empezar supongo que mis padres, pasando por una época de prosperidad le habrán llenado la cabeza de instrucciones para que me facilitara el tiempo necesario para estudiar ya que entraba a la universidad, y le habrán llenado los bolsillos de pesos ley la nueva moneda que entonces reemplazó a la vieja moneda nacional, de billetes nuevos que habrá tenido que utilizar con dificultad para aumentar sus compras de todos los días y algunos gustos menores que se daba y que aparecieron con ese presupuesto aumentado como comprarse las golosinas que se notaba que le gustaban, muda como siempre, aunque como si hubiera hecho una excepción conmigo en alguna siesta que me senté a su lado para acompañarla con unos mates me contó que muy pequeña como en mil ochocientos noventa y cinco había embarcado en un puerto de Mediterráneo de su Almería natal, con sus padres escapando de las pestes y de las guerras, con todas estas cosas se ponía dicharachera y se le encendían las mejillas derramando unas lágrimas, pero se notaba que había partes de eso que no recordaba nada o no quería recordarlo directamente, habrá liado conmigo supongo porque mi llegada y todos sus menesteres, le significaron a ella varios cambios más en sus rutinas de las que significaron un plato más en las mesas de las comidas de todos los días, en su casa antigua precaria humilde, donde tuvo que acondicionar el mejor cuarto donde ella estaba para dármelo, probablemente como consecuencia de las presiones que tiene que haber hecho mi madre su hija para que yo extrañara lo menos posible las comodidades de mi casa.

No sé muy bien si llegué a amarla como supongo que por ella aprendí a amar a otros, si así se pueden llamar a las devociones y a los desprendimientos que me salen con aquellos que creo que son los que yo amo, lo que sí sé es que probablemente con ella percibí que un fuerte amor procede de los fervores y los derroches de quienes tenemos cerca, más de esos arranques que sin distinguir muy bien sus diferencias son distintos a los entusiasmamos y al despilfarro que aparecen con la plata, que va y que viene.

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