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Tuesday, January 21, 2014

Lidias rima lías.



Mi abuela Isabel lidiaba todo el santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura, con la gordura porque los rollos en sus brazos y en su abdomen le significaban pruebas duras y continuadas a sus templanzas y a sus paciencias y a sus composturas, porque supongo que para no hablar de ello se volvió taciturna y huraña, quizás haya sido su forma de manejar algo que le molestaba pero que no podía evitar como las hinchazones de gorda y de vieja, algo que bien se le notaba en la papada en las manos en la cola, no se cuidaba en las comidas y acompañaba con algo todas las infusiones o jugos que se tomara en los intermedios, algunas de las cuales preparaba ella misma con yuyos recomendados para bajar las comidas o mejorar la digestión, sin dudas también pruebas a las resistencias de las telas de sedas de los géneros o de los hilos con las cuales estuvieran hechas las blusas que cada mañana se colocaba con dificultades para tapar corpiños enormes que sujetaban pechos también abundantes en grasas, cuando aparecía se notaba que había estado lidiando con eso que eran verdaderas cinchadas que le tienen que haber molestado como la monotonía de ponerse todos los días esas faldas enormes rectas sin colores definidos las mismas polleras que completaban la vestimenta y disimulaban mejor que las blusas los rollos de sus piernas, y que además tapaba con unos largos delantales de hule como los manteles, que se ponía para resguardar su ropa vieja de manchas de yapa, vestimenta que se completaba con unas alpargatas de yute en los veranos y unas zapatillas de paño de lana con motivos de cuadrados y con colores escoceses en los inviernos, que cuando lo hacían le compraban de unos números más de los que ella calzaba porque por esa zona también aparecían rollos que se mezclaban con protuberancias que no había forma que evitara ya que la mayoría de las cosas que hacía las hacía de parada o caminando, nunca decía nada sobre el tema de su sobrepeso, pero las dificultades para caminar, y para llegar lento pero segura a los lugares inevitables de sus rutinas cotidianas como la verdulería, o de las veces que se caminaba el largo pasillo de la entrada de su casa atendiendo a los ocasionales visitantes, o a nadie cuando los niños traviesos del barrio tocaban el timbre por diversiones y salían corriendo hasta sus casas a protegerse con madres consentidoras, pero muy especialmente a los vendedores ambulantes, que montados en mulas o burros en cuyos lomos colgaban sus canastos, o en jardineras tiradas por caballos cuyos pasos se escuchaban a dos cuadras, regularmente pasaban determinados días de la semana trayendo tamales o humitas, quesillos frescos, bollos con chicharrones, que además de nosotros que los devorábamos, también le sumaban a ella y a sus rollos, porque iba por detrás de nosotros comiendo lo que dejábamos más la porción que le correspondiera, mientras limpiaba el hule de la mesa con motivos de flores en coloridos floreros de naturaleza muerta, mientras acarreaba los platos rumbo a la cocina donde los lavaba.





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