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Monday, January 20, 2014

Lidias rima lías.


Mi abuela Isabel lidiaba todo el santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura, con la pobreza porque era más que evidente que lo que le dejaba Liborio en efectivo apenas le alcanzaba para reponer algunas cositas de la despensa como la yerba el azúcar y en situaciones más que extraordinarias la sal y el aceite, además del pan que corría a comprar contando los centavos para ahorrarse por lo menos por el día o unos pocos días las lidiadas con esos menesteres de amasar esperar la levadas y cuidar las cocciones, lo que le daba tiempo extra para dedicarse a bordar que era su cable a tierra y hacía con mucha soltura como si alguna vez lo hubiera tenido de oficio, llenando la casa larga como un chorizo de diez por cincuenta, de mantelitos, de bordes de repasadores, de cortinitas para estantes y alacenas, y un ajuar humilde y pulcro que acomodaba en algún rincón pensando tal vez que le servirían a las dos hijas mujeres que le quedaban solteras, más en edades de vestir santos que en edades de merecer lo que se sabe quieren merecer las mujeres más jóvenes, lidiaba con la pobreza porque era más que evidente que lo que le dejaba Liborio en especie apenas le alcanzaba para cubrir los componentes de las sopas que improvisaba un día tras otro con el agua que ella decía que era gratis y el osobuco que el carnicero de la esquina le traía todos los días y con picardía le decía que era para fatiga, un perro grandote y viejo que ni se movía de una cucha cerca del gallinero, así alguna araña inofensiva y molesta le pasara sin querer alguno de sus invisibles tentáculos por la punta de la nariz, iba usando de a poco las hortalizas que el viejo le dejaba después de venir haciendo equilibrio en su bicicleta las veces que pasaba por el abasto y de conocido pagaba precios al por mayor, después de eso casi nada, salvo lo que le dejaban los hijos con familias armadas que vivían en otros lados del pueblo, cuando ocasionalmente pasaban para saludarla, casi nada como los que le dejaba su viejo, billetes arrugados algunos recuperados con cintas transparentes, monedas pequeñas cuyo tintineo se escuchaba cuando caminaba, porque juntaba todas esas fortunas en el bolsillo inmenso del repasador que apenas comenzaba su jornada se colocaba sobre la ropa percudida que como gala combinaba como podía, remeras de sus hijos varones con las mangas recortadas para simular blusitas en veranos o pulóveres de lana gruesa que ella misma se tejía en los inviernos con faldas rectas que completaban su vestimenta, fatalmente marcada por manchones de grasa o herrumbre que se pegaba cuando manipulaba la leña que a veces le dejaban en fardos, lidiaba paciente con la pobreza con la precariedad como digna hija de españoles escapando de las malarias de mil ochocientos noventa como era como digna hija de vascos testarudos y necios peleándole de pié al infortunio.    





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