Mi abuela Isabel lidiaba todo el
santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura,
con la pobreza porque era más que evidente que lo que le dejaba Liborio en
efectivo apenas le alcanzaba para reponer algunas cositas de la despensa como
la yerba el azúcar y en situaciones más que extraordinarias la sal y el aceite,
además del pan que corría a comprar contando los centavos para ahorrarse por lo
menos por el día o unos pocos días las lidiadas con esos menesteres de amasar
esperar la levadas y cuidar las cocciones, lo que le daba tiempo extra para
dedicarse a bordar que era su cable a tierra y hacía con mucha soltura como si
alguna vez lo hubiera tenido de oficio, llenando la casa larga como un chorizo
de diez por cincuenta, de mantelitos, de bordes de repasadores, de cortinitas
para estantes y alacenas, y un ajuar humilde y pulcro que acomodaba en algún
rincón pensando tal vez que le servirían a las dos hijas mujeres que le
quedaban solteras, más en edades de vestir santos que en edades de merecer lo
que se sabe quieren merecer las mujeres más jóvenes, lidiaba con la pobreza
porque era más que evidente que lo que le dejaba Liborio en especie apenas le
alcanzaba para cubrir los componentes de las sopas que improvisaba un día tras
otro con el agua que ella decía que era gratis y el osobuco que el carnicero de
la esquina le traía todos los días y con picardía le decía que era para fatiga,
un perro grandote y viejo que ni se movía de una cucha cerca del gallinero, así
alguna araña inofensiva y molesta le pasara sin querer alguno de sus invisibles
tentáculos por la punta de la nariz, iba usando de a poco las hortalizas que el
viejo le dejaba después de venir haciendo equilibrio en su bicicleta las veces
que pasaba por el abasto y de conocido pagaba precios al por mayor, después de
eso casi nada, salvo lo que le dejaban los hijos con familias armadas que
vivían en otros lados del pueblo, cuando ocasionalmente pasaban para saludarla,
casi nada como los que le dejaba su viejo, billetes arrugados algunos
recuperados con cintas transparentes, monedas pequeñas cuyo tintineo se
escuchaba cuando caminaba, porque juntaba todas esas fortunas en el bolsillo
inmenso del repasador que apenas comenzaba su jornada se colocaba sobre la ropa
percudida que como gala combinaba como podía, remeras de sus hijos varones con
las mangas recortadas para simular blusitas en veranos o pulóveres de lana
gruesa que ella misma se tejía en los inviernos con faldas rectas que
completaban su vestimenta, fatalmente marcada por manchones de grasa o
herrumbre que se pegaba cuando manipulaba la leña que a veces le dejaban en
fardos, lidiaba paciente con la pobreza con la precariedad como digna hija de
españoles escapando de las malarias de mil ochocientos noventa como era como
digna hija de vascos testarudos y necios peleándole de pié al infortunio.

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