Mi abuela Isabel lidiaba todo el
santo día de todos sus santos días con el horno con la pobreza con la gordura,
con el horno porque fue su obligación vaya a saber con qué origen en orden emanada
de quién no lo supe porque hacía rato que Liborio, su marido, apenas pasaba
tres días de la semana por un par de horas para dejarle unas pocas vituallas, porque
fue su carga en la rutina de la casa encender el fuego y alimentarlo no más de
las seis de la mañana cosa que a las siete en punto dos o tres de nosotros que
cuando menos fuimos media docena tuviéramos el café con leche caliente y el pan
con levadura cocinado en un compartimento lateral de ese mamotreto que además
servía de estufa en los inviernos y hacía imaginar los peores infiernos en los
veranos, pero la lía no terminaba para nada con ese acontecimiento porque debía
alimentarlo de tal forma de tener para el mate de toda la mañana para lo que
alcanzaba el fuego moderado y, puntualmente, a fuego de chispas que explotaban
en la proximidad de la hora de los almuerzos, en los que no faltaban las sopas
especiales que reforzaban con la efectividad de un plato principal, los menús
que ahora entiendo probablemente armaría con paciencia y memoria y poca pero
muy poca plata en los ratos de intermedios de todas las combinaciones de
comidas y colaciones, es que el mantenimiento de ese fuego a las intensidades
que iba necesitando significaba el cumplimiento de tareas no solamente pesadas
sino también inevitables, para mantener la provisión de leña especialmente, que
previamente amontonaba el leñero una vez por semana en el galpón del fondo
cerca del gallinero, acarrearla y trocearla con un hacha que ella manejaba con
soltura, no mucho más de los atardeceres de invierno o verano porque en las
oscuridad las arañas que iban y volvían con los fardos podían picar y causar
más de un dolor de cabeza, así que cerca de las seis de la tarde pasaba con un
último manojo de leña que amontonaba en un cajón de frutas al pie del mismo
horno que mantenía igual que en las mañanas, hasta que el inicio de la comida
del último comensal que se sentaba le anunciaba el alivio de comenzar a apagar
el fuego, reduciéndolo de a poco hasta que el humo gris de las cenizas le
indicaba el final de las tareas en el cuarto de cocina y hasta el otro día,
solo hasta unas pocas horas después, cuando comenzaba todo de nuevo con una
puntillosidad y puntualidad de fierro.

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