Los primeros gritos
desgarradores, los primeros alaridos tremendos, los primeros chillidos los
primeros quejidos tremebundos, los primeros llantos atroces de mujeres antes de
los varones de algunos de los niños también, se escucharon cerca de las seis y
media de la tarde de un viernes cualquiera, de ese viernes cuando esa serpiente
blanca que se deslizaba tres veces por semana, sinuosa, majestuosa, inmensa,
por el mar verde de los cañaverales que rodeaban el pueblo por todos los puntos
cardinales y que no tenían finales en el horizonte desde la vista normal por lo
menos, se topó con otra mole que la dejó soplando vapor por todos los
resquicios de su inmensa estructura, un tiempo después en la casa de piedra
donde fuimos una y otra vez lanzados en aventuras de héroes de acero el
comentario fue que qué cuadro habrá sido ese día de hierro con hierro
retorcido, ese viernes en ese diciembre con temperaturas que parecían del gran
horno del diablo, se inundó de gritos que provenían de las casas vecinas de un
barrio que no era un barrio en un pueblo que no era un pueblo sino un caserío
abigarrado de gente metida y chismosa y codiciosa y cínica, que vivía alrededor
de la fábrica y alrededor de los chismes que se comenzaban a armar apenas
hubieran al menos dos personas, Blanca y Eufemia se callaron, sorprendidas, de
golpe, como se suspenden de un instante al otro los discursos o los parlamentos
cuando un sonido que no tiene nada que ver con el que se está emitiendo, es
notable y se mete de golpe a los tímpanos pero también se expande en los
espacios contiguos, se filtra en los rincones en los zócalos en los zaguanes
como si entrara por grietas y hendiduras y rajaduras de las paredes o de los
techos, ellas suspendieron por eso y así el cuento del gallito pelao, y de sus
innumerables o incontables palitos, en sus multiplicados culitos, que como
siempre le venían permitiendo comerse a zorros y a tigres y a otras bestias
feroces y estúpidas, que como siempre también nos llegaba en medio de la
somnolencia de esa hora que servía para que nuestro padre que volvía de sus
ocupaciones comenzara su descanso, salvo ese viernes en horas que fueron gritos
cualquiera fueron lamentos en voz alta lamentaciones que mientras se repetían
lo hacían en un tono en un volumen más alto, y comenzaron en la calle y
comenzaron a filtrarse por los zaguanes y los pasillos de la casa por donde
estuvimos, y los sonidos comenzaron a transformarse en gestos en abrazos
sentidos en desmayos en desvanecimientos en nuevos gritos que retumbaron en
cuartos más chicos de gente entrando y saliendo con los ojos desorbitados
temblando.
Es que estuvimos ese día en la
casa donde una docena de las damas aburridas se juntaban a jugar a la canasta
hasta tanto sus maridos volvieran, que al final volvieron luego que la noticia la peor noticia del accidente del coche motor con el colectivo corriera por todo el pueblo adivinando cuáles fueron los parientes que estuvieron en el accidente, allá en el paso a nivel sin barrera donde una cruz amarilla y grande tuvo escrito, pare mire escuche cuidado con los trenes.

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