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Wednesday, January 29, 2014

Finitos rima infinitos.


Los primeros gritos desgarradores, los primeros alaridos tremendos, los primeros chillidos los primeros quejidos tremebundos, los primeros llantos atroces de mujeres antes de los varones de algunos de los niños también, se escucharon cerca de las seis y media de la tarde de un viernes cualquiera, de ese viernes cuando esa serpiente blanca que se deslizaba tres veces por semana, sinuosa, majestuosa, inmensa, por el mar verde de los cañaverales que rodeaban el pueblo por todos los puntos cardinales y que no tenían finales en el horizonte desde la vista normal por lo menos, se topó con otra mole que la dejó soplando vapor por todos los resquicios de su inmensa estructura, un tiempo después en la casa de piedra donde fuimos una y otra vez lanzados en aventuras de héroes de acero el comentario fue que qué cuadro habrá sido ese día de hierro con hierro retorcido, ese viernes en ese diciembre con temperaturas que parecían del gran horno del diablo, se inundó de gritos que provenían de las casas vecinas de un barrio que no era un barrio en un pueblo que no era un pueblo sino un caserío abigarrado de gente metida y chismosa y codiciosa y cínica, que vivía alrededor de la fábrica y alrededor de los chismes que se comenzaban a armar apenas hubieran al menos dos personas, Blanca y Eufemia se callaron, sorprendidas, de golpe, como se suspenden de un instante al otro los discursos o los parlamentos cuando un sonido que no tiene nada que ver con el que se está emitiendo, es notable y se mete de golpe a los tímpanos pero también se expande en los espacios contiguos, se filtra en los rincones en los zócalos en los zaguanes como si entrara por grietas y hendiduras y rajaduras de las paredes o de los techos, ellas suspendieron por eso y así el cuento del gallito pelao, y de sus innumerables o incontables palitos, en sus multiplicados culitos, que como siempre le venían permitiendo comerse a zorros y a tigres y a otras bestias feroces y estúpidas, que como siempre también nos llegaba en medio de la somnolencia de esa hora que servía para que nuestro padre que volvía de sus ocupaciones comenzara su descanso, salvo ese viernes en horas que fueron gritos cualquiera fueron lamentos en voz alta lamentaciones que mientras se repetían lo hacían en un tono en un volumen más alto, y comenzaron en la calle y comenzaron a filtrarse por los zaguanes y los pasillos de la casa por donde estuvimos, y los sonidos comenzaron a transformarse en gestos en abrazos sentidos en desmayos en desvanecimientos en nuevos gritos que retumbaron en cuartos más chicos de gente entrando y saliendo con los ojos desorbitados temblando.

Es que estuvimos ese día en la casa donde una docena de las damas aburridas se juntaban a jugar a la canasta hasta tanto sus maridos volvieran, que al final volvieron luego que la noticia la peor noticia del accidente del coche motor con el colectivo corriera por todo el pueblo adivinando cuáles fueron los parientes que estuvieron en el accidente, allá en el paso a nivel sin barrera donde una cruz amarilla y grande tuvo escrito, pare mire escuche cuidado con los trenes. 

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