Reducido, a ese mundo de nosotros tan pequeño en realidad tan grande en sueños, tan chico tan amplio, finito acotado a esos dos por
tres metros el gallinero del fondo de nuestra casa fue un gallinero importante
para una decena de ponedoras dos gallitos cumplidos y una docena de de pollitos amarillos ue como los patitos del cuento como esos patitos
incluidos dos o tres patitos feos, pollitos escuálidos y desplumados, había en ese gallinero lleno de hitas de pulgas y de otros bichitos invisibles pero que cuando se pegaban chupaban la sangre dejando una ronchas rojizas que de tanto pasarle las uñas se infectban y convertían en unos granos grandes llenos de pus, un gallinero lleno de esos bichitos invisible y poderosos que
Blanca y Eufemia nos tenían prohibido entrar, prohibición que nunca respetamos
por lo que inexorablemente terminamos debajo de la ducha con las instrucciones
precisas de asearnos y lavarnos y enjabonarnos lo suficiente como para qu el agua y el jabón los hicieran desaparecer de los escondites de nuestros cuerpos, pero aún con las
restricciones nosotros mantuvimos por año entrar a ese rectángulos de alambrado romboide en momentos de descuidos de
ellas a ver si las gallinas cluecas habían dejado sus huevos que no se hubieran caído en el desnivel que conducía hasta un canal que pasaba justo coincidiendo con una de las diagonales de ese corral, huevos que después pedimos en sus formas de huevos fritos de huevos duros de huevos pasados por agua a medida que ellas nos fueron inventando comidas, nos persiguieron implacables como
para no llevarnos ninguno de los invisibles bichitos a la cama, infinitas
fueron las somnolencias en las que entramos cada siesta cada noche de las que
ellas no llevaron con sus mejores ganas de las manos y se quedaron de compañía
hasta que fuimos tomando partida con los sueños profundos que trajeron
infinitas las modorras de los ojos entrecerrados y con los pelos de punta sacándolas de quicios, infinitos
los entumecimientos que ellas serviciales a masajes curaron, limitado fue el
perímetro de ese gallinero que sirvió de reloj familiar por años, para saber
las horas de las tardes de verano o de invierno y de las primeras horas del
alba, que se enunciaban en los ostentosos cacareos que hicieron en cuanta
oportunidad tuvieron las gallinas y sus gallitos en todos esos días, limitado
en ese rectángulo de dos por tres, ilimitados infinitos así fueron como mucho y
reiterados y repetidos los relatos de ellas, el cuento los cuentos de Blanca de Eufemia, sobre el gallito particular del
cuento que encararon en esas noches pegajosas de los diciembre de pleno verano
cuando entramos a los distintos mundos que ellas vivieron y nos
transmitieron, esos días en que debimos ser muy duros para que el sueño nos
venciera como ellas lo habrán esperado al final del día al final de los días.

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