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Sunday, January 26, 2014

Finitos rima infinitos.

Escaleras de la cárcel solito me entretenía contando los escalones que unos suben y otros bajan en noches tan buenas para la prisión cierran los candados late el corazón Blanca la tenía con seguir aquella letra todo el día mientras pasaba el lampazo o trajinaba entre las ollas a las horas de las comidas, aquellos ojos verdes de mirada profunda dejaron en mi alma eterna sed de amarte aquellos ojos verdes Eufemia cantaba en tonos más altos que a la otra la enervaban pero no le quitaban las ganas, le hacía la contra mientras la asistía con otras tareas y con llevarnos a nosotros desde que nos levantábamos hasta que cerrábamos los ojos cansados más a las noches que a las siestas cuando fuimos más resistentes, ellas las dos nos abrieron tal vez las puertas tal vez las mentes tal vez los corazones o tal vez las mismas miradas que en un  momento comenzaron a entrar en sus entrepiernas tersas y blancas, allá cuando fuimos un poco más grandecitos para espiar sus bombachas como aventuras máximas del sexo que fuimos descubriendo, y nos entraron las ganas de lo que ni supimos, ellas nos abrieron lo que fuera que quiera llamársele a lo que nos abrieron, es una manera de decir que ellas estuvieron entonces, con nosotros, en eso que son las mañas las experiencias de niños comunes, en cualquier momento en cualquier lugar mientras se pueda andar conociendo el mundo con la panza llena, niños que viven con otras personas más que con sus padres durante determinadas horas cálidas o álgidas de sus vidas, y Blanca y Eufemia fueron eso, las más cercanas, las que estuvieron más seguido cuando tuvimos sueño cuando tuvimos sueños cuando tuvimos hambre cuando tuvimos ganas de hacer nuestras necesidades nos trataban con las asepsias de las personas puntillosas y enseñadas, las dos estaban todo el día con nosotros, y las dos sabían muy bien el cuento del gallito pelao no del gallito pelado que así le dijimos todo el tiempo a ese cuento, por allá, cuando las cuestiones de la real academia nos interesaban un carajo cuando fuimos felices sin prejuicios, ellas, ambas, lo sabían al cuento pero lo tuvieron como coartada de última instancia en los juicios sumarios que le armamos una noche tras noche de las que nos pasamos bajo sus tutelas, cuando tuvieron que justificar sus cansancios sin confesar que se trató de sus cansancios diarios después de dar vueltas con las cosas de dos niños pesados como habremos sido, lo usaron en última instancia como principio de reclamo para que entráramos en los sueños que nos resistimos a entrar, antes, empezaban con  sus vueltas que le significaron cientos docenas cientos de docenas de repeticiones como a las seis de la tarde llevarnos a todo hasta el rincón donde estuvo el winco de la casa para poner su disco de Miguel Aceves Mejías, que guitarra en mano encaraba con aquello de escaleras de la cárcel que repitió en cada estribillo y en cada una de las veces que la mujer aquella mujer nacida en el chaco güalambo con su mano levantaba  y ponía la púa sobre el disco que siguió girando como nosotros que seguimos igual todos los días, lo mismo hacía Eufemia pero con su disco de Capullito de Alelí cantada por el morocho de Nat, antes de comenzar con los cuentos antes de comenzar con el cuento del gallito pelao.


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