Escaleras de la cárcel solito me entretenía contando los escalones que unos suben y otros bajan en noches tan buenas para la prisión cierran los candados late el corazón Blanca la tenía con seguir aquella letra todo el día mientras pasaba el lampazo o trajinaba entre las ollas a las horas de las comidas, aquellos ojos verdes de mirada profunda dejaron en mi alma eterna sed de amarte aquellos ojos verdes Eufemia cantaba en tonos más altos que a la otra la enervaban pero no le quitaban las ganas, le hacía la contra mientras la asistía con otras tareas y con llevarnos a nosotros desde que nos levantábamos hasta que cerrábamos los ojos cansados más a las noches que a las siestas cuando fuimos más resistentes, ellas las dos nos
abrieron tal vez las puertas tal vez las mentes tal vez los corazones o tal vez
las mismas miradas que en un momento
comenzaron a entrar en sus entrepiernas tersas y blancas, allá cuando fuimos un
poco más grandecitos para espiar sus bombachas como aventuras máximas del sexo
que fuimos descubriendo, y nos entraron las ganas de lo que ni supimos, ellas
nos abrieron lo que fuera que quiera llamársele a lo que nos abrieron, es una
manera de decir que ellas estuvieron entonces, con nosotros, en eso que son las
mañas las experiencias de niños comunes, en cualquier momento en cualquier
lugar mientras se pueda andar conociendo el mundo con la panza llena, niños que
viven con otras personas más que con sus padres durante determinadas horas
cálidas o álgidas de sus vidas, y Blanca y Eufemia fueron eso, las más
cercanas, las que estuvieron más seguido cuando tuvimos sueño cuando tuvimos
sueños cuando tuvimos hambre cuando tuvimos ganas de hacer nuestras necesidades
nos trataban con las asepsias de las personas puntillosas y enseñadas, las dos
estaban todo el día con nosotros, y las dos sabían muy bien el cuento del
gallito pelao no del gallito pelado que así le dijimos todo el tiempo a ese
cuento, por allá, cuando las cuestiones de la real academia nos interesaban un
carajo cuando fuimos felices sin prejuicios, ellas, ambas, lo sabían al cuento
pero lo tuvieron como coartada de última instancia en los juicios sumarios que
le armamos una noche tras noche de las que nos pasamos bajo sus tutelas, cuando
tuvieron que justificar sus cansancios sin confesar que se trató de sus
cansancios diarios después de dar vueltas con las cosas de dos niños pesados
como habremos sido, lo usaron en última instancia como principio de reclamo
para que entráramos en los sueños que nos resistimos a entrar, antes, empezaban
con sus vueltas que le significaron
cientos docenas cientos de docenas de repeticiones como a las seis de la tarde
llevarnos a todo hasta el rincón donde estuvo el winco de la casa para poner su
disco de Miguel Aceves Mejías, que guitarra en mano encaraba con aquello de
escaleras de la cárcel que repitió en cada estribillo y en cada una de las veces
que la mujer aquella mujer nacida en el chaco güalambo con su mano
levantaba y ponía la púa sobre el disco
que siguió girando como nosotros que seguimos igual todos los días, lo mismo
hacía Eufemia pero con su disco de Capullito de Alelí cantada por el morocho de
Nat, antes de comenzar con los cuentos antes de comenzar con el cuento del
gallito pelao.

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