Ellas las inefables las inolvidables Blanca y
Eufemia nos abrieron a un mundo restringido, de las adivinanzas que dejaban gitanas que pasaban por el pueblo dos o tres veces por año, de los juegos de ingenio baratos de la payana de las rondas del arroz con leche, de sapos jugados sin sapos, de la infinidad de rayuelas que jugamos en infinidad de veredas rotas en el pueblo más que por otros defectos por las temperaturas que hacían en inolvidables veranos que partían el concreto y le daban fuerza a las raíces que quedaban debajo de las construcciones como para que, poco a poco, se fueran abriendo lugares hacia el espacio en grietas que empezaban como imperceptibles y terminaban en agujeros impresionantes, ellas nos mostraron el Corín Tellado, y las novelas
subidas de tono en los lances de parejas de divinos en secuencias de cuadros que
terminaban en uno que decía continuará, de lecturas intercaladas con otras como
más de entretenimientos con los que nos pasamos horas escuchándolas, la famosa
leyenda continuará interminables leyenda para la semana próxima que nos tuvimos
que aguantar un ciclo para ver si el meloso del galán llegaba a la bella dama
de peinados sofisticados que estaba involucrada, Jorge Barreiro me acuerdo de
uno que las tenía locas como a media docena de cálidas damas dispuestas a hacer
con él lo que no sabíamos bien entonces qué terminaban haciendo una dama y un
caballero, que destilaban amor pasiones y ganas parecidas a las nuestras cuando
apenas comenzamos a escuchar los comentarios de amigos más grandes de los
vericuetos de las pajas reconfortantes a falta de mujeres que a falta de
varones supimos después hacían lo mismo que nosotros, ellas se sentaron por
horas en esos tiempos detenidos por ahí y mientras disfrutaban también ellas de
esos momentos de distensiones nos cuidaron y enseñaron varias de las cosas que
pudieron enseñarnos y nos ayudaron para que nuestra imaginaciones volaran a
cielo abierto, Blanca hablaba más cuando planchaba en el cuarto a cuya puerta
nos sentaba para que estuviéramos a su vista y además le escucháramos sus
comentarios, esos que hacía como hablando sola hablando por su cuenta rodeada
de canastos llenos de ropa arrugada, describiendo las noches en los desiertos
agrestes chaqueños cuando las vizcachas corren escapando de nada de un lado a
otro en la oscuridad antes que los cazadores curtidos venidos desde lejos las
encandilaran con sus reflectores y las atravesaran a tiros, las mismas
vizcachas y corzuelas nocturnas escapando a los duendes que después de
medianoche salen por el monte bajo a buscar leña para prender sus fogatas, cuando
pudimos hacerlo antes que nos diéramos cuenta del tránsito en que estábamos, escuchamos
y volvimos a escuchar esos relatos de petizos malos de grandes sombreros
narigones que en las noches deambulaban con peros y otras fiera temerarias
recordando a los jornaleros sus destinos de mierda, allá cuando por las
casualidades tuvimos la oportunidad de vivir tiempos sin apremios, Eufemia la
otra niñera más tranquila hablaba con el haragán en la mano en tiempos sin
tiempo, cuando los días nos parecían largos mucho antes que comenzaran a
parecernos cortos, cuando los días se resolvían sin urgencias y encima los
resolvían otros por nosotros, ellas, como ella que encaró relatos más pasables
que no disparaban el miedo sino otros sentimientos en nosotros, sus historias
eran de príncipes sufrientes pero al final felices con sus princesas después de
desencuentros interminables, da sapos vueltos a príncipes y de príncipes
convertidos en reyes en mundos que imaginamos algún día serían nuestros, aunque
Blanca y Eufemia coincidieron en las noches cuando llegaban las horas de dormir
la mona a la cual una y otra vez resistimos con fuerza cuando chicos porque,
como si se hubieran puesto de acuerdo entre ellas o hubieran coincidido en sus
gustos dispares, después de los tiempos de tolerancia como para darnos lugar a
aflojamientos normales comenzaron a hacernos conocer el cuento del gallito
pelado.

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