Como el fuego encendido de la
libertad en la bastilla como el fuego fatuo de la igualdad o la llama
interminable de la fraternidad, así ardió la mujer del capitán en los días que
compartió con él los riesgos de la guerra de zapa y los aposentos calientes de
los palacios ocupados como fortaleza y hospedaje de la plana mayor de los
oficiales del ejército libertador de las Américas, con la boca y las piernas
bien abiertas para pasarle información y para que la fornique todo lo que el
general de los andes quiera Rosita fue como la revolución, la protectora mujer
del autoproclamado protector, las sumas de las energías el total de los empujes
y lo máximos de los entusiasmos de los desbordes que al jefe le vinieron bien
en el par de años que estuvo tratando de convencer a los peruanos de los
beneficios de gobiernos diferentes a los virreinatos conocidos de gobiernos con
más libertades de comercio como estuvo de moda entonces por el viejo mundo,
como el fuego de la libertad ardió Rosita imponiendo la luz y el calor en esa
hoguera del cornudo que por fin le devolvió con la misma moneda parte de las
cuentas que tuvo con la Remedios de Escalada, encumbrada dama de la sociedad
que con discreción tapa sus suciedades sus pensamientos sus maneras cochinas,
como el fuego de la igualdad en ese caso ardió por esos días la Campusano
sacando las ganas del general retorcidos por el dolor y por el opio en esas
tierras extrañas buscando negocios con porvenires, como la fama de la
fraternidad con el general de los generales arrimándoles leales que no lo
traicionarían por lo menos hasta tanto prepara su partida, todos eso fue y
significó Rosita Campusano para su José, que cuando partió se olvidó por
completo de ella, como un protector no tiene que olvidarse de su protectora,
aunque sea un cornudo.

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