Mantenidos en alto los
estandartes más que los ánimos las ganas de pelear de defender lo propio de
esos invasores mantenidas en alto las pocas armas que quedan los pertrechos que
escasean bajas las defensas a las cóleras a las tifoideas, más bajas en las
fuerzas que las disponibles informadas por los oficiales en los partes que
corrieron antes de la batalla de esa brutal golpiza, al marqués del otro lado
al mariscal de estos lados de la patria, inventarios de los muertos como si
fueran trastos que son y fueron más de los que se contaron como vivos en las
jornadas anteriores cuando se hicieron los conteos para saber con cuánta gente
se hacía frente a esos brasileños de mierda que eran más de cuatro mil, cuando
se tocaron las dianas para hacer las formaciones de hombres tan ajados y tan
destartalados como sus ropas o sus armamentos, esos fueron los saldos de esos
combates en los que murieron otros tantos de la alianza con la excepción de los
soldados de la aldea que no participaron porque andaban por sus capitales
reprimiendo a la gente que se manifestaba en contra de estos latrocinios por
estos lados, más gente muerta de la que se creyó viva indicaban los recuentos,
de las madres y de las parentelas que los niños incorporados por la fuerza a
los ejércitos tuvieron y estuvieron por la batalla, en esa que estuvieron al
resguardo del estuario cerrado del río Tebicuary en Ytororó, escapando para
defenderse más escapando de Humaitá, los soldados paraguayos fueron obligados
demasiado por los oficiales desalmados que reportaban derecho al mariscal o a
la mariscala, en pleno marzo del sesenta y ocho enterrados hasta las rodillas
de agua de tormentas igualmente agua de los cielos oscuros encerrados en la
selva donde además esos infelices voltearon árboles de los esteros para
apuntalar caminos de barros y pantanos para escaparle a los mismos que igual
los pillaron los degollaron y los mataron como si fueran animales.

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