Elisa lo busca y lo inquieta al
mariscal para eso es su mariscala aunque lo tengan que hacer en los escenarios
incómodos de las tiendas de campaña, así a las apuradas con el riesgo de que
alguno los sorprenda, desprevenidos entretenidos en otros enseres diferentes a
los bártulos de la guerra, lo mismo lo hacen una y otra vez fornicando en los
rincones a campo traviesa, otras veces apenas fundiéndose en abrazos largos
abrazos como si se estuvieran despidiendo, ella lo consiente con los trucos que
siente que al otro le gustan lo seduce con todas sus dotes de hembra irlandesa,
con todas las mansiones que él y ella tienen en Asunción como para andar
revolcándose donde no les corresponde pero a ellos les gusta y con eso les alcanza,
con todas la comodidades palacios enteros con sus columnas y pasamanos de oro
puro y mampostería traída desde Europa en los vapores más veloces, mansiones cargadas
de muebles estanterías con vajilla de plata y cristal comprado en tantísimas
subastas de trofeos de guerra que se rematan en las ferias, si tendrán allá
comodidades disponibles para eso son la autoridad del pueblo, las comodidades
son lo único ella le pide y le exige que le haga el amor en medio de los
combates más cruentos arriesgándose a que los oficiales entren y salgan
informando al mariscal de las novedades, todo un riesgo que toma ella que lo
quiere y los cuida mucho porque como le dice a Basilia y a todas las mujeres
que son como parte de las filas paraguayas, que se metan en los combates que
interfieran para que las bestias dejen de matar niños por más uniformes que
llevan como en Piquisiry.

No comments:
Post a Comment